Después de sus expediciones por el Mediterráneo, el cruce del Atlántico y las travesías por el Caribe, Sil Fernandez,  joven abogada de La Plata, planea una aventura que la llevará a vivir nuevas experiencias.

Silvina Fernández nació en Verónica, un pequeño pueblo de siete mil habitantes de la Provincia de Buenos Aires, viajó a La Plata, estudió abogacía, se graduó, armó un estudio con una compañera, empezó a trabajar como abogada y escribana. Nada de todo esto fuera de una chica común, de clase media, que migra a una capital para completar su formación y dedicar su trabajo en el centro de la ciudad. Sin embargo, como no todo es lineal, en un momento, en unos días de vacaciones con su novio, se sube a un velero, cruza desde el puerto de Mar del Plata (en Argentina) hasta La Paloma (Uruguay) y la historia clásica, monótona, se transforma de la punta de una bahía a la otra.    

“Yo nunca había navegado, no me había subido a un barco en mi vida, ni de viaje, ni de vacaciones, ni nada. Tenía mucho miedo de marearme, esa era mi principal preocupación en aquella primera salida desde Mar del Plata”, se ríe, ahora, de la experiencia que transformó su vida. El velero, contra todos los pronósticos, partió con la pequeña tripulación: Silvina, su novio Wen y el tío de su novio, que era el dueño del barco en cuestión. En el Club Náutico de Mar del Plata les advirtieron que estaba pronosticado un Pampero, que es uno de los vientos más fuertes e impredecibles del Río de La Plata y el Mar Argentino, de temer, con cautela.

Sin embargo, salieron del puerto, porque su pareja tenía cinco días de vacaciones y quería aprovecharlos de todos modos. “Pero mirá que acá dicen que viene una tormenta”, le dijo Silvina a Wen. “Nah, acá dan todos la vuelta al perro por eso están asustados”. Desde entonces, más allá de aquella tormenta que los azotó en su primera navegación (además oceánica), pasó mucha agua bajo el puente: recorrieron parte de Sudamérica y el Caribe, cruzaron el Atlántico a vela y, en diferentes veleros, visitaron islas del Mediterráneo o los canales de Holanda, Francia y Bélgica. Todo lo retrataron en Navegando por el Globo.

Ahora Silvina Fernández está separada de Wen, y planea su primera travesía en solitario, en el cruce del Pacífico, donde se prepara para vivir una de sus aventuras más deseadas.

¿Cómo fueron esos primeros años en la navegación?

Wen y yo estábamos estudiando en La Plata: yo me recibí de abogada en 2014 y él se graduó de ingeniero en 2015. Para los estudiantes de la UNLP se daban cursos de gratuitos de timonel y él comenzó a tomarlo en el Club Náutico de Berisso (una localidad situada a pocos kilómetros de La Plata, en la Provincia de Buenos Aires).

Me propuso ir juntos pero, en ese momento, yo trabajaba y no me daban los horarios de cursada. Se recibió de timonel y para continuar con el curso de patrón tenía que juntar millas de navegación (una reglamentación que no corre en la actualidad en Argentina pero que hasta ese entonces era necesaria para la práctica). Se tomó unos días en el trabajo y viajamos a Mar del Plata para hacer el cruce hasta La Paloma. Hasta ese momento yo no me había subido a un barco nunca en la vida. Ni siquiera había navegado en el Río de La Plata.  

¿En ese viaje los tomó de sorpresa un Pampero?

Sí, salimos a las seis de la mañana: el mar estaba muy calmo, el amanecer que estaba hermoso, yo no podía creer tanta belleza. Me puse muy contenta porque no me mareé, empecé a comer, a comer, a comer. Después pescamos y también hice un arroz con pescado.

A las siete de la tarde empezó el Pampero, estábamos en altamar, bajamos velas, rayos que caían a los costados, con olas de más de cinco metros, nos pusimos el arnés, porque el barco se movía para todos lados. Está todo filmado. Me quedé adentro de la cabina, pero estaba muy descompuesta, era una película de terror. Fueron como cuatro horas de tormenta constante. Después calmó un poco el viento pero quedaron las olas.

¿Pero lo timoneaste?

Sí, a las seis de la mañana mi novio me dice: “¿Agarrás el timón?” Porque no daba más, estaba muy cansado. Yo nunca había timoneado un barco, lo seguí hasta las dos de la tarde que revivieron los dos. Cuanto tocamos tierra no lo podía creer: el tío de Wen me dijo “esto que te pasó, pocas veces lo vive un navegante”. Como diciendo, ya nada malo más puede suceder, porque la gente sale con una evaluación, un pronóstico, determinadas coordenadas. Me bajé en La Paloma, de todos modos, con una alegría de haber llegado impulsada por el viento, en una embarcación, que fue indescriptible.

¿Qué te decían tus amigas cuanto les contaste?

Cuando volví a La Plata les dije a mis amigas: no saben la sensación, con el viento podemos llegar a cualquier parte del mundo, es increíble. Me dijeron bueno, andá yendo tranquila que nosotras nos quedamos acá (risas). Después comenzamos a reunir dinero con Wen para comprarnos un barco propio y en 2018 viajamos a España para adquirir el primero que tuvimos que fue un Tornado de 31 pies del 1976.

Luego pasamos a un Jouet 37, de 1979. Más tarde llegamos al Voyage 40 de 1986. Fuimos viajando por todo el mundo.

¿Cuáles son tus planes ahora? ¿Y cómo te estás preparando para tu nuevo proyecto?

El plan ahora es cruzar el Pacífico en solitario y llegar en algún momento a Australia. Yo aprendí a navegar con Wen, viviendo en el barco, pero después hice el curso de timonel en España, lo cual no me habilita para Argentina. Entonces empecé a tomar clases acá para rendirlo antes de fin de año.

Además, comencé a estudiar navegación astronómica y hasta a indagar sobre motores, porque era algo que delegaba en mi pareja y ahora tengo que saber para una navegación en solitario. En el caso de la navegación astronómica creo que es necesaria porque por más que una tenga todas las aplicaciones y dispositivos algo puede fallar y es preciso tener otras herramientas. Espero poder ser autónoma en ese sentido también y aprender este tipo de navegación.

¿Qué tipo de barco están buscando para esta navegación y cómo considerás que debería estar preparado?

Mi ex-novio y yo estamos vendiendo nuestro catamarán, que es un Voyage 40, con bandera polaca, para comprarnos cada uno un nuevo barco. Ahora está anclado en Huelva, en España.

No me quiero comprar un barco grande, me gustaría uno que pueda maniobrar. Yo navegué sola en el Jouet 37 y me encanta. Fui por el Mediterráneo, en el Atlántico, es un velero que creo que se adapta a mis necesidades actuales y puede ser muy factible para navegaciones en solitario. 

También navegaste muchas veces con huéspedes o con otras tripulaciones, ¿cuál es tu búsqueda ahora en este momento?

Es un ambiente donde nos conocemos todos, te vas cruzando, siempre alguien te da una mano. Me gustaría cruzar el Atlántico con tripulación –tengo unos amigos que ya me avisaron que están interesados—pero el Pacifico la quiero hacer sola. La idea es tomarme un tiempo para alistar el barco (que también ya lo tengo visto) y dejarlo a punto para estos cruces.

De todos los lugares donde navegaste, ¿cuáles fueron los que más te llamaron la atención?

En el Mediterráneo navegué por toda la costa de España, Francia, Italia, Grecia, Túnez, Albania. También por las islas Baleares, Cerdeña, Córcega. Luego crucé el océano dos veces, de ida y de vuelta, desde Islas Canarias, Islas Azores y Cabo Verde (en África) hasta Barbados, Martinica, Santa Lucía, Dominica, Curacao, Aruba, Colombia, Panamá por el Caribe. Entre los que más me gustaron estuvieron las islas Azores y también Menorca.

Uno de los momentos más hermosos fue la posibilidad de navegar con una ballena, que fue en uno de los cruces del Atlántico: fue realmente mágico.

Desde «Navegantes Oceánicos» agradecemos a Sil, la Capitana Viajera, su colaboración en esta entrevista y le deseamos mucha suerte en esta nueva y valiente aventura en solitario.

Buena mar y buenos vientos, te seguiremos !