Josefina Padilla y otras a bordo

Ayelén Cvrkovic: “Mi principal motor es acercar a la gente a que conozca el Río de la Plata”

Esta joven capitana creció a bordo de un velero clásico: el Río de la Plata. Después de años de abandono decidió reconstruir el barco de su padre, con más de 100 años de antigüedad, de la mano y el oficio de unos de los mejores carpinteros navales de la región. La proeza de rescatar la historia y las aventuras de uno de los principales modelos que inició el Yatching a principios del Siglo XX en la Argentina:

“El barco de madera es una artesanía”.  

El barco se escoraba fuerte y pasaba tan cerca del agua que Ayelén Cvrkovic la tocaba con su mano pequeña. Su padre, al mando del timón, le pedía por favor que no se acercara tanto porque se iba a caer. En un segundo, mientras ataba un cabo, se distrajo:

—¡Splash! —, se escuchó, de repente.

Ayu se había caído al agua pero ya flotaba y nadaba en el Río de la Plata.

“Le Corbusier escribió que Buenos Aires era la ciudad que le daba la espalda al río. Tenía un proyecto maravilloso para hacer todo frente al agua y que empezara a interactuar con ella. A veces no entiendo a los porteños, piensan que porque es marrón es un río sucio, oscuro y, sin embargo, no saben todo lo que se pierden. Quizás es parte de la historia: al río antes se iba a lavar la ropa. Pero es un mundo aparte: la cantidad de deportes y actividades que se pueden hacer es muy importante. Mi principal motor es acercar a la gente a que conozca el Río de la Plata”, dice, ahora, sentada en el viejo bodegón del Club Náutico Azopardo, en San Isidro, al norte de la Ciudad de Buenos Aires, rodeada de perros, frente a un ventanal que da un varadero repleto de veleros y una salamandra que no echa humo pero porque el invierno está de despedida.

Después de aquellos chapuzones en el velero, sus padres se dieron cuenta que a Ayu le fascinaba el agua y decidieron que lo mejor era que le enseñaran a navegar. Arrancó con la escuela de optimist y comprendió qué ocurría con las velas, las corrientes, el viento y las mareas. Pero en la adolescencia y la juventud abandonó la navegación, se dedicó a su profesión en la industria de la moda y como diseñadora de interiores y retomó, muchos años después, en una tabla de SUP.

Un día, su padre le recordó que el viejo barco de madera estaba abandonado en el mismo club donde remaba y que lo iba a donar a un carpintero naval: se trataba del Ñahatí (libélula en guaraní), un velero de la clase Río de la Plata, botado en 1920 y diseñado por Alfred Mylne en Escocia. “El barco de madera es una artesanía”, dice, ahora. Se decidió emprender una tarea gigante, casi inconmensurable: quería restaurarlo –o mejor, reconstruirlo— para que regresara al agua.

En la página del astillero en Escocia se lee, perfectamente, su descripción:

“El Ñahatí es un velero construido según el diseño número 166 de A. Mylne & Co. —conocido como Aurora & Brisa—, creado en 1909. La embarcación fue construida por Martínez en Argentina. Originalmente llamado Ahati, este pequeño velero de crucero o navegación diurna refleja las refinadas proporciones características de los diseños de Mylne de principios del siglo XX”.

Entrevista a Ayelén Cvrkovik

Ayelén, ¿Cómo fueron tus inicios en la navegación?

Yo empecé a navegar con mi papá. Él arrancó de joven, se enamoró de la náutica, después hizo el curso de timonel, siguió con patrón y también como piloto de yate. El primer barco que compró fue uno de madera y después este clásico que es un Río de la Plata. En ese velero salimos a navegar siempre con mi familia y eso me fascinó desde pequeña: de manera automática conecté con el río, a un nivel que no podía controlarme como esa anécdota donde me tiré al agua a nadar pese a que me aconsejaba lo contrario.

Es lo que sembró la semilla para que me transforme en la mujer que soy hoy y por eso siempre le agradecí a mi padre haberme hecho conocer la náutica. Después me mandaron a Optimist porque vieron que me encantaba: venía, a este mismo club, todos los sábados y domingos desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde a navegar durante todo el día. Era una época donde, además, la disciplina era muy exigente. Sin embargo, se me ilumina la mirada cuando veo alguno y digo: lo que daría por volver a navegar en uno de esos barquitos. Era maravilloso: flotábamos en el medio del río y eso nos daba una libertad y una responsabilidad, a tan corta edad, que era buenísimo.

¿Qué pasó después?

En mi adolescencia, cerca del 2001, hubo una crisis social muy fuerte en Argentina, mis padres se divorciaron y dejé de navegar. El barco quedó abandonado en el club por un tema económico y me desconecté de la náutica. Volví hace unos años al río con una tabla de SUP. Tomé unas clases y me compré mi tabla para remar pero con ese conocimiento de haber navegado durante años acá, cuidarme en el agua y, además, no tener miedos.

¿Cómo fue la creación de esta clase de veleros?

¿Es cierto que lo trajeron en un barco carbonero desde Escocia?

A principios de 1900 había un inglés en Buenos Aires que quería navegar por el Río de la Plata. Pero en ese momento no había barcos con la cultura del Yatching, aunque en Inglaterra ya tenían esa tradición. Entonces le mandaron una carta a un ingeniero naval para que diseñe y construya un barco para que pueda navegar este tipo de ola del río, que es una especie de marejada, tampoco tan fácil de sortear. Entonces en los astilleros de John Hilditch crearon estos barcos con dos modelos de monotipos, los probaron en una regata y los mandaron a Buenos Aires.

Por eso los primeros veleros de la clase Río de la Plata nacieron en 1909, en Carrickfergus, en Irlanda del Norte. Fueron diseñados por este escocés, bajo la denominación Hilditch’s 25, los dos primeros cascos de la flota llegaron a la Argentina a fines de ese mismo año. Fueron bautizados como Aurora y Brisa. Llegaron el 12 de octubre de 1909 a Buenos Aires, a bordo de un buque carguero de carbón y se comenta que viajaron de contrabando. Parece que el embarque se realizó para aprovechar la bodega de ese mercante británico.

Su primera regata la corrieron el 6 de enero de 1910. Con la llegada de los dos primeros barcos, los clubes vecinos se sumaron con entusiasmo a la propuesta para conformar sus propias flotas. El interés por competir promovió un crecimiento veloz de la clase, que expandió la flota y multiplicó los campeonatos: muchos pudieron acceder a la náutica –como deporte— a partir de estos veleros. En parte entonces la navegación deportiva fue fundada aquí por esta clase Río de la Plata.

¿Cómo son las características técnicas de este barco?

Es un velero de madera, con un quillote corrido y que tiene 26 pies de largo. Tiene una silueta muy refinada que, para mí, es uno de los barcos que mejor navega este río. Es muy fácil de manipular. Además, cala un máximo de 90 centímetros, aunque escorado navega a 70. Por eso es interesante que sus constructores tuvieron en cuenta la profundidad, porque esto es un estuario con muy poco fondo en su lecho. Una de las cosas más maravillosas es que tiene la silueta de una ballena y es muy estable. Siempre navega escorado.

Hay una pelea histórica entre dos diseñadores locales: Frers y Campos, porque uno decía que le gustaba tomar la sopa en el barco, que no quería navegar en un velero que escore todo el tiempo y, en cambio, hacerlo en uno que navegue más estable. En cambio a mí me encanta estar bien cerca del agua, con un barco escorado. El barco de madera además es una artesanía, tiene otra vibra realmente que uno de plástico: es como estar arriba de un tronco de un árbol, con una madera que tiene más de 100 años, que termina de estar vivo realmente cuando toca el agua. En tiempos modernos, de inmediatez para todo, eso me parece poesía.

¿Cómo se te ocurrió reconstruir este velero de madera, un clásico con más de 100 años de historia y parte del inicio de la disciplina en el Río de la Plata?

Mi velero se construyó en 1925. Fue un encargo de su primer dueño, Guillermo Martini, creo que en el Club Náutico San Fernando (me encantaría conocer a la familia). Después tuvo varios dueños. En los años 90 llegó a manos de mi padre y se convirtió en el barco donde navegué durante toda mi infancia. Después de la crisis de 2001, la embarcación quedó olvidada en el varadero. Un día, en la casa de mi padre, apareció Luis, un carpintero naval apasionado por los barcos clásicos de nuestra región que, consciente de su valor histórico, le suplicó que no dejara morir y que se lo regalara para poder restaurarlo. “Vladimiro, el barco se está muriendo y es un clásico de la navegación de Argentina, no dejemos que quede abandonado. Por favor quiero que me lo regales y yo me ocupo de la restauración”.

Eso ocurrió durante diez años: cada tanto caía a la casa de mi padre y volvía con lo mismo. Mi padre siempre se negó: no terminaba de soltar, porque creía que, de alguna manera, él lo iba a recuperar. Después de una internación se dio cuenta que no iba a pasar: me pidió los papeles, que los tenía yo por una cuestión de mudanzas, porque se lo iba a regalar. Yo le pregunté por qué y me negué a hacerlo pero le hice una contrapropuesta al carpintero: si me ayudaba, entre los dos podríamos volver a ponerlo a punto. Ahí apareció la magia que siempre fue Luis. Durante dos décadas, mi padre le había cerrado la puerta a sus pedidos y, mientras yo evaluaba qué hacer con el barco, le pregunté directamente qué lo había motivado a insistir con tanta terquedad durante tanto tiempo. Luis no me dio explicaciones. Solo me dijo: “Vení, piba, te voy a mostrar algo”.

Fui un día al Club Náutico Buchardo, apareció un señor de 72 años que rengueaba, parecía que se iba a caer, subimos a su barco y, desde el fondo del tambucho de popa, sacó una bolsa y me la entregó. Al abrirla, encontré un montón de fotos antiguas, pequeñas, en blanco y negro: eran él y sus hermanos pasando los veranos de su infancia a bordo del Ñahatí. No hizo falta decir nada más. En ese instante, entendí todo: en algún momento de la historia, entre la década de 50 y el 70, este velero perteneció a la familia de Luis Cueto y fueron los momentos más felices de su vida. “Lo podemos ir arreglando juntos, piba, vamos a ir haciendo…”, fue su respuesta. En 2023, hace tres años, pusimos en marcha entonces la restauración del Ñahatí.

¿Cuáles fueron los principales desafíos?

El primer gran desafío fue construir un galpón de trabajo, dado que el club no disponía de espacios techados y era una obra titánica que necesitaba que se preservara de la humedad. También hicimos los papeles de la transferencia, porque mi padre estaba mal de salud, por lo que quedó a mi nombre. Con la logística resuelta, trasladamos desde Misiones un camión con madera de cedro seleccionado. En paralelo, iniciamos el desguace del velero, cuyo estado de degradación era avanzado. Fue una tarea muy compleja. Se retiraron por completo la cubierta, las cuadernas, las varetas, la zapata y el quillote.

Uno de los principales obstáculos fueron los “no” que aparecieron en el camino: pero me quedó claro que no sé cómo pero iba a ir logrando hacer todo eso. En un punto todo es más caro que comprar un barco de plástico y es cierto que, además, es mucho trabajo, pero lo iré haciendo de a poco. En cuanto se presente un “paredón” y no sé cómo seguir –que ya se presentaron varios y me hicieron dudar de cómo continuar—pretendo ir buscando esas “ventanitas” para inventar algo. Hoy, la estructura principal renace con elementos totalmente nuevos: durmientes, baos, cuadernas, varetas y zapata.

El próximo paso será encarar la construcción de la cubierta, el cerrado del casco y luego también el laminado. Entre todos los oficios siempre me decían cuidado con la moladora, no toques esto, ojo con aquello. Luis fue la única persona que siempre me dijo: “Vos podés”. Pero estábamos los dos restaurando el barco de nuestras infancias: pasaron dos años, veníamos en la semana, durante los fines de semana, en todos los tiempos libres, siempre nosotros dos.

¿Cuáles fueron algunas de esas pruebas tan difíciles?

Creo que la más importante es que la persona con la que comencé este proyecto, que era Luis, como motor de esta iniciativa y con todo su saber y su oficio de carpintero naval, se murió después de un accidente. Me quedé sola. Además, éramos amigos y tuve que hacer el duelo. El segundo paredón con el que me encontré es la economía de la Argentina, donde todo es tan cambiante y poco predecible, que dificulta las tareas. Por ejemplo, sin Luis, tuve que pagar jornales a alguien que supiera de este oficio de carpintero naval para continuar con la restauración: es un barco que tenemos que hacer 70 por ciento a nuevo porque lo desarmamos todo, incluso la quilla. Sin embargo estoy todo el tiempo buscando soluciones posibles.

¿Por qué su nombre en guaraní?

Se hicieron series: algunas de árboles nativos, otras de aves locales, creo que se buscaba darle un sello autóctono, ya que era un diseño y modelo construido en Europa.

Este año, además, te presentaste al fondo de proyectos de Women and the Wind, ¿cómo fue esta experiencia? ¿Y cuándo estarán los resultados del concurso?

Sí, una amiga me dijo un día que tenía que ver esa película. La vi y me encantó. La primera parte me emocionó porque es la historia de mi vida: ellas arreglaron un barco, pensando que iban a tardar determinado tiempo y, finalmente, es el doble… además eran mujeres llevando a cabo esa tarea y con toda la preocupación ambiental de trasfondo. Yo siempre había pensado que el Ñatahí era algo más que un barco. Cuando ellas lanzaron este concurso, por eso, presenté un proyecto para completar la restauración del velero de madera.

Se presentaron 700 mujeres, creo que de Argentina hay solo dos pero formamos una comunidad muy importante y realmente hay de todo: hay una de las chicas que persigue tornados, otra que sigue el camino que hacen las mantarrayas, una que nada con tiburones. Las organizadoras armaron un grupo de Facebook y estamos todas en contacto creando también proyectos alternativos: es fantástico. Aunque no ganemos el concurso ya surgieron otras cosas entre navegación y ambiente por todo el mundo. Me dio mucho orgullo ser una de las pocas sudamericanas que presentó un proyecto y promover que se reconozca el Río de la Plata por su importancia, porque es una fuente que sostiene un ecosistema enorme. Además, porque en ese “darle la espalda” de Buenos Aires, nos perdemos del disfrute y nos olvidamos de su cuidado.

¿De qué trata el proyecto que presentaste?

Era un trabajo hecho solo por mujeres (aunque claro que participan hombres, como los carpinteros de rivera, que son los que realmente saben cómo llevar adelante este oficio pero que también me lo trasladan para que aprenda) y, además, la propuesta también tiene una mirada ambiental: radica en alertar sobre las corrientes de plástico que llegan a nuestras costas. Lo que pasa en Buenos Aires es que todas las corrientes del río terminan de este lado, por lo cual todo el sedimento y la contaminación quedan aquí. Quizás, a diferencia de Montevideo, donde se juegan otros factores: en Buenos Aires, en cada Sudestada, llegan toneladas de basura y vos no ves gente tirando desechos al río todo el tiempo, si no que es el mismo efecto de esas corrientes lo que produce el arrastre.

La intención del proyecto, por último, radica en hacer una expedición por el Río de la Plata, río arriba, por el Paraná, para identificar los focos donde prolifera la mayor contaminación y determinar cómo esas corrientes arrastran esos desechos, para también indagar en las comunidades y pueblos que viven a la vera del río y cómo interactúan con el plástico y el agua. Por eso me encantó cómo se fue gestando el proyecto: nunca lo pensé solo para mí, con mi barco, nada más, si no que fuera algo ambiental y comunitario también. Es eso: a partir de barco se mueven un montón de energías y suceden cosas mágicas.

¿Es cierto que le pediste un aval para encarar este proyecto a los astilleros en Escocia?

Sí, cuando presenté el proyecto de Women and the Wind escribí un correo a Escocia. Me sorprendió mucho porque a los diez minutos me respondieron. Era un sobrino del dueño original, estaba muy contento porque les pasó que diseñaron los veleros, vinieron a Argentina y nunca supieron qué ocurrió. Les interesaba mucho saber qué fue de la embarcación en el país. Además, tenían un registro con el velero, las medidas, los planos, el nombre de cada uno. Fue así como Myline Yatchs, el astillero original, me escribió una carta de recomendación para armar este proyecto:

“Me complace apoyar la candidatura de Ayelén Cvrkovic para la beca The Audacious Voyage y su proyecto de restauración y navegación del *Ñahatí*, un velero de la clase Río de la Plata de 1920 diseñado por Alfred Mylne. La clase Río de la Plata constituye una parte importante del legado marítimo de Mylne. Resulta especialmente significativo ver cómo se preserva y mantiene uno de estos veleros históricos en Argentina, país donde navegantes y constructores navales locales han realizado un esfuerzo considerable para mantener viva esta clase única a lo largo de generaciones. Según la información que Ayelén ha compartido con nosotros, la restauración del *Ñahatí* refleja un firme compromiso con la preservación de este patrimonio y con el retorno de la embarcación a la navegación. La expedición que propone entre Argentina y Uruguay brindaría al *Ñahatí* la oportunidad de cruzar nuevamente el Río de la Plata, vinculando su historia marítima con un propósito medioambiental contemporáneo. Nos complace apoyar su iniciativa y le deseamos el mayor de los éxitos tanto en la restauración como en la expedición”.

¿Y de qué trata el voluntariado de tu proyecto?

Entre las últimas acciones que hice está, además, el lanzamiento de un voluntariado para personas que quieran venir a colaborar con la construcción del barco. Me sorprendió mucho la llegada que tuvo la iniciativa en las redes sociales, porque de pronto me empezaron a seguir un montón de personas con ganas de colaborar. Me llevé una sorpresa muy grata, con eso de la gente quiera venir a poner su granito de arena en la recuperación del barco. Me escribieron incluso de otros países (risas).

Eso me da la certeza de continuar con el proyecto pese a todas las dificultades. Es algo más que un velero: por eso creo que, como la vida misma, este barco también tuvo sus etapas. La primera fue con Luis y estaré siempre agradecida; la segunda fue con Walter, que es otro carpintero naval que fue discípulo de Luis –con la transmisión del oficio—y ahora es el turno de sumar más mujeres para la reconstrucción en comunidad.

Para finalizar Ayelén, ¿Y qué dice tu padre de la recuperación de su viejo velero de madera?

Está un poco ansioso porque lo quiere navegar. Este es un barco que quizás me sobreviva cien años más, por eso quiero que este sea mi –humilde— legado. 

Desde “Navegantes Oceánicos” agradecemos a Ayelén su colaboración en esta interesante entrevista y le deseamos mucha suerte en su proyecto de restauración del velero clásico “Ñahatí”, al que esperamos ver pronto navegando en Rio de la Plata.

¡Te seguiremos!

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