La comunicadora, conocida en las redes como Merysinplastico, navega desde su infancia en Buenos Aires. La preocupación por una vida saludable y el cuidado del ambiente la llevaron a pensar los diferentes modos de propulsar acciones más amigables con el planeta.
Una guía de separación de residuos para las travesías en ríos o mares, por ejemplo, está entre sus nuevas propuestas.
“En este sistema todo está comercializado con plásticos descartables”, dice.
Mery Sackmann es conocida, en las redes sociales, como Merysinplastico. A veces hasta sus propios amigos o conocidos la llaman de esta manera. Sin embargo, su preocupación por una vida más saludable y el cuidado del ambiente nacieron mucho tiempo antes: quizás cuando navegaba con su padre por el estuario del Río de la Plata o cuando recolectaba basura en las costa junto a una organización no gubernamental que coordinaba el regatista olímpico Yago Lange.
“Me apasiona la náutica, me encanta sacar fotos y soy muy creativa. Me gusta conectar con personas que están creando cosas y proyectos copados”, dice ahora.
En 2004, su padre –que había navegado toda la vida— decidió construir su propio velero, con el que navegan hasta el día de hoy con sus amigos o su familia. “Me encanta vivir de manera simple y sencilla, en contacto con la naturaleza e intentando tener el menor impacto posible en el planeta”. Por eso mismo, en 2019 para un trabajo de la facultad creó un blog “para inspirar una vida libre de plásticos”.
Hoy, asegura, “me gusta creer que inspiro una vida más conectada con la naturaleza a través de diferentes deportes y con buena compañía”, pues “en el ritmo tan acelerado que vivimos tomarse un rato para respirar, salir a leer un libro o tomarse un mate en la orilla del río es casi un acto de rebeldía, en el mejor de los sentidos”.
La joven, de 28 años, que estudió diseño industrial, diseño gráfico y, finalmente, ciencias de la comunicación, en 2017 comenzó a trabajar en una organización, TECHO, que construye viviendas para poblaciones muy vulnerables. Solo dos años después, en 2019, fue a un voluntariado en Mozambique para construir aulas de escuelas. Cuando regresó comenzó a trabajar en Módulo Sanitario, otra ONG, que buscaba modificar la realidad de muchas familias de Argentina.
“En un momento me mudé sola y me obsesioné con tener la vida que imaginaba para Mery sin Plástico. Entonces compraba todo sin plástico, cocinaba casero, hacía compostaje, me movía en bicicleta, teniendo una vida más slow y conectada con la naturaleza. En el camino me frustré un montón pero también aprendí cosas”.
Mery, ¿Cómo fueron tus inicios en la navegación?
La navegación comenzó por mi familia: cuando tenía cinco o seis años mi papá comenzó a construir su propio barco, un Lotz 270, que es un diseño de Néstor Volker (un diseñador naval muy reconocido en el país, en un barco de fibra de vidrio, con una eslora de 8,24 metros, destacado por su diseño para navegación de crucero y regata, construido por el astillero Lotz). Solo que originalmente compró el casco y lo empezó a armar todo él mismo.
Entonces cuando yo era chica íbamos al barco y nos quedábamos con mi hermana pintando mientras él se ponía a hacer cosas… Es una persona que nunca contrata a nadie y se da maña para todo, porque le gusta entender cómo se hacen las cosas y entonces siempre prueba. Todos los fines de semana salíamos a navegar. Después mis viejos se separaron y todos los programas con mi papá incluían ir al barco porque vivía en un departamento mínimo. Era nuestro plan familiar: barco, barco, barco.
¿Qué pasó después? ¿comenzaste a navegar en alguna categoría?
Nunca me anotó en optimist, no sé bien por qué. Pero cuando tenía cerca de catorce años ya estaba un poco grande para navegar en ese tipo de barcos y me sumé, en el club, a unos veleros más grandes que se llaman Avan 660. Ahí arranqué y estuve como tres años, todos los sábados y domingos, me enganché mucho, me hice un grupo de amigos, comencé a meterle fuerte. Todo eso lo combinaba con las salidas familiares a navegar.
Cerca de los 23, un fin de semana de carnaval que íbamos a cruzar a Colonia (en Uruguay), mi papá se bajó a último momento, yo me enojé y me dijo: “Cuando quieras ir sacá el carnet de timonel y ándate en el barco”. Eso hice (risas). En el curso retomé contacto con la náutica, me hice otro grupo de amigos, empecé a navegar de nuevo todos los fines de semana y me sumé a un grupo de regatas con un barco-escuela. Fue con ese grupo también que hicimos travesías a Uruguay, a Mar del Plata, por todos lados.
¿Cómo es el barco en el que navegás?, ¿Qué características tiene que tener o que te parece que no pueden faltar en una travesía?
Un velero ideal para el Río de la Plata es uno que cale muy poco. Pero el que tenemos con mi familia es súper práctico de manejar, podés salir sola, tiene toda la maniobra en cockpit, timón de caña. También es muy cómodo porque tiene cocina, baño, te podés hacer un mate, ir hasta Riachuelo (Uruguay). No me puede faltar tampoco el mate ni mi perro, Fito. Casi, casi siempre que salgo lo hago con él. El barco también tiene una vela genoa con enrollador y vela mayor, que para salir sola y con perro es lo más cómodo del mundo porque me permite hacer todo tranquila.
¿Cómo surgió tu interés por el ambiente?
En paralelo a todo esto de la náutica, me interesaba mucho el tema del ambiente. En el río, mientras navegaba, veía mucho plástico: era un caos. En 2019 comencé a trabajar –como voluntaria— en la limpieza del río y lo conocí a Yago Lange. En 2023 me contó que estaba pensando en comprarse un barco y que iba a cruzar el Atlántico.
También necesitaba a alguien que trabajara en temas de comunicación, pero que supiera de ambiente y náutica para poder ayudarlo con esos tres ejes. Al principio me dijo si lo podía ayudar desde tierra pero yo me quería subir. En esa época yo estaba trabajando full time. Hablamos durante tres o cuatro meses, me mandaba fotos o videos de cómo estaba alistando el barco. En el último minuto me dijo que había un lugar, si quería ir, renuncié a mi trabajo y le dije que sí.
¿Cuáles fueron las mejores travesías que realizaste hasta el momento?
Ese cruce del Atlántico, en 2024, con más de dos meses a bordo, me cambió la vida por completo, me llenó de preguntas y me abrió un montón de puertas. Renuncié a mi trabajo para poder ir, aunque no sabía si realmente iba a poder hacerlo. Yago me tuvo a prueba unas semanas y después cómo vio que funcionaba me dejó quedarme. Fuimos navegando a vela, tomando muestras de microplásticos y comunicando el proyecto. Yago hizo toda la bajada desde Barcelona pero yo me saqué un pasaje (solo de ida) y subí en Gibraltar. Terminamos de ajustar algunas cosas, como los paneles solares, compramos un Starlink (que en ese momento recién salía) y fuimos a Islas Canarias.
Estuvimos dos semanas ajustando más cosas y después navegamos hasta Cabo Verde, en África, y cruzamos a Fernando de Noronha, en Brasil. En todos estos tramos tomamos muestras: de 25 (con el rumbo y la velocidad constante) solo en dos no salieron plásticos. Solo en el Ecuador, donde las corrientes van hacia afuera, encontramos que el mar estaba limpio. En el resto del agua, que fue la mayoría, siempre encontramos plástico.
¿Cuáles te quedan por hacer, que te gustaría explorar?
Me encantaría hacer el cruce del Pacífico e ir a la Polinesia. También me gustaría mucho conocer la Antártida. Me hago la aventurera pero después me da miedo: no sé, hay algo raro en la navegación, que te morís de frío, te mojás entera, es muy loco, no sé, pero querés volver siempre (risas).
¿Cómo fue la experiencia de la regata Buenos Aires-Río de Janeiro en febrero pasado?
Esa regata estaba pendiente desde un tiempo atrás: ya cuando habíamos hecho el cruce del Atlántico me quedé con las ganas de conectar Argentina y Brasil. Esta experiencia la realicé con el mismo barco-escuela con el que corríamos las regatas en Buenos Aires, el Naútico 2, que es un diseño de Frers de 60 pies, lindísimo, el único que hay con estas características. En el río es una eminencia, cuando sube el spinakker –por ejemplo—con la bandera del club es muy lindo. En el club arman las tripulaciones entre la gente que se anota, las características de los timoneles, la capacidad y la experiencia en navegaciones.
Finalmente quedé en el equipo, que éramos once en total. Me dio miedo también porque nos exigen una determinada cantidad de cursos y tuve que hacer uno de supervivencia oceánica en Prefectura Naval donde nos hablaron desde la balsa hasta las desarboladuras, rescates de hombre al agua, apagado de incendios, el funcionamiento de todos los sistemas de radio, con tripulaciones que ya habían corrido esa regata en otras ocasiones. Ya estaba anotada pero empecé a preguntarme si realmente quería ir (risas).
¿Cómo fue el clima?
En esta regata siempre sopla del norte, que vas en ceñida y lo pasás pésimo. Pero, finalmente, nos tocó un clima buenísimo y no pasó eso. La largada de Buenos Aires fue horrible, en ceñida, con bastantes olas, apenas salimos ya estábamos todos mojados. Pero después fuimos todo de través. La primera noche ya nadie quería cocinar, todos teníamos un cansancio, nos quedaban siete u ocho días por delante. Para muchos esas eran nuestras vacaciones anuales y no podíamos creerlo pasarlas así (risas) pero después estuvo bárbaro. Eso es lo que tienen las regatas, que no podés salir cuando el pronóstico es favorable si no que lo que te toca ese día tenés que ver cómo hacés…
Después tuvimos muy poco viento y este es un barco grande, pesadísimo, entonces en las calmas era muy complicado. Nos iban pasando todos los demás veleros. Las guardias eran de seis horas y, por las noches, cada cuatro. Pero en la última noche nos quedamos todos afuera por si llegábamos antes de tiempo. En la entrada a Río, después, se largó una tormenta tropical que también terminamos todos empapados. En un momento estaba tan cansada que me quedé dormida con el traje, los guantes, las botas, la luz del chaleco que me titilaba, todo lleno de agua.
La llegada –finalmente– fue icónica: no había nada de viento pero fue al amanecer, más de doce horas desde la entrada a la bahía hasta la marina en el club. Fue muy místico, el Cristo, los morros, con el amanecer. El club es divino, además no conocía casi Brasil y me encantó todo lo que vi.
Tu relación con el cuidado del ambiente te llevó a propulsar una vida sin plásticos,
¿Cómo se transformó tu vida cotidiana a partir de estas acciones?
En un momento, entre mi voluntariado en la construcción de casas y la recolección en el río, me di cuenta que la basura no desaparece: uno vive en la ciudad, saca la basura, se la lleva el camión y no la ves. Pero no es así. Me ha tocado ir a construir casas donde había acumulada basura de 25 años y no podíamos poner ni un pilote.
Pero empecé a tomar noción de qué significa eso. Empecé a buscar entonces mis propios hábitos para evitar el plástico: desde ir con una botella de agua a todos lados o ir al supermercado con bolsa de tela hasta la compra de comida por peso con mi propio tupper (para que no usaran bandejas descartables). Después dejé de ir al supermercado y solo me abastezco en verdulerías o dietéticas. Ahora, además, trabajo en el área de Comunicación de Parley, que es una ONG que desarrolla acciones para la protección de los océanos.
¿Cuáles considerás que son las microacciones que podemos realizar todos / as para cuidar el ambiente o mantener un mundo libre de plásticos?
Yo hablo del plástico descartable pero sé que es un desafío en la vida cotidiana quitarlo ciento por ciento. Lo que me interesa es que la gente lo pueda incorporar, al menos en pequeñas acciones, con la reutilización de las cosas. Es todo un trabajo porque vivimos en un sistema donde todo está comercializado de esa manera y no está pensado para que estemos sin plásticos descartables. Al revés, todo es desechable.
Pero empecé a mirar cómo podía hacer estas pequeñas acciones y en mi casa, por ejemplo, tengo una compostera y ni siquiera hay tacho de la basura. Pero tengo reciclables que los saco todos juntos: es el caso del yogur, que preparo casero, entonces el sachet lo tengo que tirar. Hay cosas que son difíciles de reemplazar y, en una época, me obsesioné tanto que si no lo podía reciclar entonces ni lo compraba (risas). Ahora no estoy tan extrema: creo que hay que encontrar un punto de equilibrio.
En el barco me sucede lo mismo: pienso qué tengo que llevar pero que también tenga el menor packaging posible porque después no quiero guardar ese plástico durante dos semanas de travesía. Si llevás cartón se te humedece, y así. Por eso elaboré un manual de separación de residuos para los barcos y que ojalá también sirva para pensar qué hacemos con estos materiales durante una navegación. En definitiva, son millones de decisiones que uno va tomando de manera cotidiana: desde andar en bicicleta, comer más sano, navegar a vela, vivir más lento.
Enlaces:
Página: https://www.merysinplastico.com/
Instagram: https://www.instagram.com/merysack_/
Pódcast: PODCAST
Podeis descargar el manual de residuos de Mery sin plástico en este enlace:
Desde «Navegantes Oceánicos» agradecemos a Mery Sackmann su colaboración y haber compartido sus experiencias de navegación y sus proyectos en esta interesante entrevista.
¡ Te deseamos mucha suerte en el futuro, buenos vientos y buena mar !


