Las travesías y expediciones científicas de esta joven brasileña, nacida en San Pablo, pero que continuó su carrera como arquitecta naval en Francia, despliegan las historias del Polo Norte o la travesía del Atlántico, que plasmó en una serie de libros.
La historia de esta aventurera que fue pionera al convertirse en la primera latinoamericana en cruzar un pasaje inexplorado que conecta los océanos Atlántico y Pacífico a través del norte de Canadá, Groenlandia y Alaska.
Tamara Klink
“El fruto no cae muy lejos del árbol”. Es lo primero que uno piensa después de charlar con Tamara Klink durante un largo rato. La joven escritora y navegante, de 28 años, es la hija de Amyr Klink, un explorador, marinero y escritor brasileño, que circunnavegó el continente antártico y fue el primero en cruzar el Atlántico Sur desde Namibia, en África, hasta Salvador, en Brasil, a bordo de un pequeño bote a remo por casi 100 días en la década del 90. Por eso, a su regreso, cuando esta pequeña escuchaba las historias de su padre mientras lo esperaba en el puerto junto a Marina Bandeira, su madre –una gran fotógrafa— y sus dos hermanas, o tejía las noches arrullada por esas narraciones con mares tempestuosos y repletos de ballenas y focas, rodeados por castillos de iceberg gigantes, no se imaginó un destino muy lejano a aquel océano.
Tamara Klink comenzó a planear sus propios viajes cuando tenía doce años y era una niña. El deseo –y el barco—llegaron poco después cuando cruzó de Noruega a Francia, en su primera travesía larga a bordo de un viejo velero de madera. En 2020 se atrevió a cruzar el Atlántico en solitario –desde Francia hasta Recife, en Brasil–, en una travesía que la catapultó como la primera joven brasileña en la navegación de su país. Más tarde, se convirtió en la primera mujer en pasar el invierno sola en el Círculo Polar Ártico, durante nueve meses de hibernación. En esa travesía, en septiembre de 2025, además, se aventuró a navegar en el temido Paso del Noroeste, durante 45 días, que va de Groenlandia hasta Alaska, con 6500 kilómetros que unen los océanos Atlántico y Pacífico, en medio de aguas heladas.
Pero no solo la navegación fue lo que heredó de su padre: las lecturas de expedicionarios y el amor por la escritura también la llevaron a nuevos mundos. En 2010, publicó el libro Vacaciones en la Antártida, junto a sus hermanas Laura y Marina Helena –que fue incluido en el currículo de muchas escuelas brasileñas—, en 2021 le siguieron dos libros Mil millas y Un mundo en pocas líneas. En 2023 publicó Nós: O Atlântico em Solitário (aún no tiene traducción al castellano), un libro que relata su travesía en solitario del Atlántico en 2021. “Cuando estoy navegando, sola, en el medio del hielo, tengo un sentimiento que me atrapa: estoy entrando en esas historias que oía cuando era pequeña, que nos contaba mi padre cuando regresaba de viaje. Yo quería saber cómo era realmente”, dice, ahora, a pocas horas de pasar la Navidad con sus padres y sus hermanas en San Pablo, Brasil.
¿Cómo fueron tus inicios con la navegación?
Yo empecé a navegar, en primer lugar, a partir de las historias que contaba mi padre: él pasaba muchos meses en el mar y cuando regresaba de sus viajes nosotras íbamos con mi madre y mis hermanas a la playa para verlo llegar. Sus travesías eran muy largas: a veces de tres, cuatro, cinco meses, incluso de un año. Nosotras adorábamos sus narraciones y yo quería, un día, viajar para ver los animales gigantes que nadaban debajo del barco y que él nos describía con mucho detalle. También nos hablaba de los pájaros que podían dar la vuelta al mundo solo con el batir de las alas, planeando, o que nadaban como las ballenas. También nos describía castillos, iglesias y catedrales inmensas que eran los icebergs, construidas con agua, que flotaban sobre el mar.
Yo quería conocer ese mundo mágico. Cuando nosotras éramos chicas fuimos además a la Antártida por primera vez: yo tenía ocho años y mi hermana cinco. Nos dimos cuenta que todas las historias que nos contaba eran reales y ya no podía vivir como antes de conocer todo ese continente. Por eso también empecé a leer muchos libros, que era una forma de mantener el sueño vivo. Cuando éramos pequeñas también hicimos optimist: mi mamá me llevaba a las clases pero yo no era muy buena, no conectaba mucho la navegación en esa pequeña represa (en San Pablo) con los viajes que hacía mi padre. Siempre salía en último lugar, no me gustaba mucho, pero fue importante porque como niña no nos dejaban correr muchos riesgos o nos obligaban a quedarnos quietas: pero en ese barco, las chicas y los chicos estabámos en las mismas condiciones, todos teníamos un poco el derecho a sentir el peligro, el riesgo, a experimentar la autonomía, a navegar hasta donde pudiéramos, atravesar ese lago con nuestra propia voluntad y conocimiento, en ese pequeño objeto, que era muy liberador.
¿Qué dudas o temores se presentaban en ese momento?
Una de las principales preocupaciones era si me podría convertir en esa navegante, en ‘ese hombre de mar’ que yo conocía, porque yo no era hombre (risas). Después, cuando tuve que escoger un curso para hacer en la universidad me dediqué a la Arquitectura con esa idea de construir proyectos reales. Es decir, partimos de la teoría –y de los sueños—para cumplirlos. Lo que pensé fue que esa carrera me iba a dar una caja de herramientas posible para convertirme luego en una navegante.
Mis primeros estudios los hice en la Universidad de San Pablo, en Brasil, después viví casi siete años en el norte de Brasil. También continué estudios en la Escuela de Arquitectura Naval en Nantes, en Francia, gracias a un intercambio académico. En Francia, por fin, pude encontrarme con mujeres que navegaban y viajaban. Eso fue muy importante porque me parecía un imposible. La posibilidad de encontrar otras personas de mi misma edad que navegaban o incluso los mismos autores que yo había leído me dio otro horizonte también.
¿Es cierto que tu primer velero, el Sardinha, costaba lo mismo que una bicicleta?
Sí, creo que guardé esa experiencia y ese sentimiento del optimist y cuando compré mi primer velero, un barco muy viejo, en Noruega, lo acicalé para navegar. Fue durante la pandemia, en 2020. Era un barco Magic, diseñado por un arquitecto naval sueco, del año 1984. Yo tenía 22 años: fui desde Noruega hasta Francia. No pensaba ir más lejos que eso.
Mi idea era construir un barco nuevo para cruzar el Atlántico, que iba a diseñar yo misma, pero me di cuenta que ya tenía un velero que tenía todas las condiciones para hacer esa travesía. No precisaba un barco nuevo, que tenía que construir, conseguir los patrocinios, que me podía llevar años. Por eso decidí ir con mi propio barco, en un viaje que tuvo muchas sorpresas, con momentos de estrés y otros muy buenos porque conocí muchas personas, en todos los puertos, hice amistades y aprendí mucho sobre mí misma, sobre el mar y sobre el barco.
¿Por qué el velero se llama Sardinha?
Mi abuela fue quien eligió el nombre del barco: ella decía que era un barco pequeño, de quien nadie esperaba nada pero que podía vencer grandes distancias. Pero, sobre todo, porque las sardinas nunca están solas, siempre nadan en cardumen.
¿Cómo decidiste el viaje al Círculo Polar?
Me gustó mucho hacer ese cruce por el Atlántico. Por eso, cuando llegué a Paraty después de esa travesía decidí hacer el viaje más lejos que conocía hasta entonces que era un recorrido en el tiempo, donde pudiera permanecer lo máximo posible en el mar. Lo que pensé que quería probar era un viaje a través de las estaciones en el Ártico, donde pudiera quedarme ‘atrapada’ en esas aguas congeladas del mar de Groenlandia.
Esa posibilidad implicaba una gran autosuficiencia para el alimento, la calefacción, la posibilidad de completar la travesía, ¿cierto?
Fuiste la primera mujer en pasar el invierno totalmente sola en el Polo.
En castellano o portugués no hay una palabra para esto pero en francés o inglés es algo así como hibernación. Mi idea era ir hasta un lugar muy frío, donde el mar está congelado y quedarme por ocho meses: yo lo adoré (risas). Era muy peligroso también porque era más fácil morir que tratar de sobrevivir en esos parajes. Lo cierto es que me preparé mucho tiempo antes: en mi barco yo estaba en casa.
Viví durante dos años antes de partir (el Sardinha 2, un velero de acero de 32 pies) desde Francia hasta Aasiaat, en Groenlandia, tenía la comida necesaria para todo el invierno, que era prácticamente vegana, por ejemplo, con muchas semillas, que yo podía hacer germinar también. A veces también pescaba, porque percibía que con el sobrante tampoco dejaba basura si eran comidos por los zorros.
En uno de los episodios vi que te topaste con un oso polar que quiso subir la escalerilla del velero. Pero no te había escuchado hablar de los zorros.
Sí, había muchos zorros blancos o negros que se acercaban a mi barco para buscar comida. A veces les dejaba las sobras del pescado, pero en otras ocasiones era el mismo pescado que yo pensaba comer (risas). A veces me robaban los termómetros: ¡perdí todos los que tenía para medir la temperatura! En otras ocasiones encontraba pequeños objetos de mi barco desparramados por la cubierta: un cabo suelto que no estaba allí o la cubierta de la cámara fotográfica desparramados por estos animales muy inteligentes, muy despiertos, yo no lo era tanto (risas). También había muchos cuervos, pequeñas palomas con mucho plumaje o incluso focas. No había tantos animales en pleno invierno: era todo muy silencioso.
Más allá de los icebergs y la inestabilidad del clima o las corrientes de los mares, ¿qué impresiones tuviste, a lo largo del viaje, con relación al cambio climático y el impacto de este fenómeno sobre las especies de la región?
¿Es cierto que solo el 9 por ciento de la ruta tenía hielo marino, a diferencia de hace unos 30 años, cuando se necesitaban rompehielos o era muy complicado cruzar este estrecho?
Después de esos meses que pasé durante el invierno decidí continuar un poco más de viaje para conocer otros lugares. Por eso crucé un estrecho que, hace más de treinta años atrás, era muy difícil porque había mucho más hielo que ahora. No solo había mucho más hielo si no que era más grueso: ahora vi solo hielo muy fino, que dura menos, no sobrevive al calor. Tanto los inviernos como los veranos son mucho más cálidos que antes, entonces todo se deshiela muy rápido y esos pasajes se liberan más rápido o incluso antes de tiempo.
Es decir, quedan abiertos para navegar por más tiempo: antes quizás costaba años atravesarlo y ahora lo hice en unos 45 días de trayecto donde me topé con hielo marino solamente por cinco días. Uno de los relatos más importantes que leí sobre este pasaje fue de Roald Amundsen que lo hizo en 1905 durante tres años completos (fue el primer navegante en completar el Paso del Noroeste, que siempre fue muy complicado). Fueron 60 días en total hasta que me encontré con el primer puesto.
Me imagino que las cartas náuticas, al ser una región tan poco explorada, son muy precarias también, ¿cómo manejaste esto?
Las cartas náuticas son muy precarias, totalmente, es una región donde –hasta el momento—no hay muchos barcos entonces debe ser muy costoso hacer las tipografías del fondo. Además, durante una gran parte del año, la superficie está cubierta de hielo, aunque sea más fino y dure menos que antes. Hay muchos sitios sin cartografía, donde solo hay pequeños corredores que tienen rutas posibles. Nunca podemos ver qué hay exactamente en el fondo, entonces navegamos con instrucciones de navegación, que son los textos que se usaban antes y que dicen cosas como “estate atento porque aquí las corrientes son muy fuertes, no hay tablas de mareas y es todo muy peligroso”. Entonces tenemos que ir ver cómo está la situación, de acuerdo a tus propios ojos y tus conocimientos, hacer mediciones y determinar cómo seguir.
Es una navegación muy técnica: yo percibí que otros barcos tuvieron muchos problemas y, sin embargo, me sentí muy segura, me divertí mucho también, aunque tuve –claro– condiciones difíciles pero sin ninguna situación completamente nueva porque ahora tengo una pequeña experiencia como navegante. Esta fue la travesía más larga que emprendí hasta ahora.
¿Cómo manejaste los tiempos y la soledad durante estos meses sin contacto humano?
Es una navegación que no recomiendo para principiantes, porque no dormimos más de 20 minutos de corrido: me despertaba y veía hacia afuera si no había icebergs, piedras, otros barcos, me dormía otros 20 minutos. A veces ni siquiera podía volver a dormir porque había mucho que atender alrededor. Ahora creo que estoy más acostumbrada porque conozco mejor mis periodos de sueño y consigo calibrar un poco eso.
Ya no me sorprendo tanto pero claro que todavía soy una debutante: siempre lo seré, supongo, porque el mar es siempre diferente, las tempestades pueden ser mayores o encontrarme con situaciones más precarias, aunque nunca quiera exponerme a riesgos mayores que los necesarios y siempre busque proteger mi cuerpo porque es mi objeto de trabajo y una máquina importante para que funcione el propio barco. Yo no puedo llegar a ninguna parte si mi barco no lo hace.
¿Qué te dijo tu padre cuando le comentaste de tus proyectos de navegación en solitario?
¿Y cómo manejás el peso de ser la hija de una figura de tanto renombre en la navegación?
Cuando tenía doce años, que aún era una niña, le pregunté a mi padre si él me dejaba viajar sola y me dijo que sí. Le pregunté si podría ser en su barco, si me lo prestaba, si estaba disponible para navegar yo sola y me dijo que no: su pensamiento fue que si yo quería navegar debería procurarme mi propio velero y crearlo del mismo modo que lo había hecho él con el suyo. Pues que si yo quería navegar también debía hacer mi propio camino: entonces tuve que aprender de otra manera. Hoy puedo reconocer que mi padre abrió muchos caminos, no solo para mí, sino para muchos navegantes en América latina que sueñan con hacer cosas difíciles. Fue muy inspirador, para muchas personas, que leyeron sus libros o descubrieron sus viajes. En muchos lugares del mundo donde estuve me topé con navegantes que habían leído sus libros o los guardaban en sus propios barcos. Cuando era pequeña yo creía que todos los padres eran así y que se iban muchas veces a la Antártida, por ejemplo, pero cuando crecí me di cuenta que no.
En realidad, dimensioné que mi padre había expandido los límites de lo imposible y también de lo posible. Esas cosas que prácticamente eran imposibles formaban parte de mis sueños gracias a él. Al mismo tiempo, cuando él me dijo que no me iba a ayudar con dinero, con el barco, con contactos, me dio también una libertad de hacer mi propio camino, con mis aciertos y errores, que es necesaria también para el aprendizaje. Yo aprendí a tomar decisiones por mí misma, porque arriba del barco no había otra persona a quien preguntar. Por eso pienso que la construcción de un proyecto forma parte de la misma formación del navegante: es una etapa tan difícil que, una vez que vencemos esa etapa, después navegar parece muy simple (risas). En los proyectos hay que lidiar con los trayectos, las fechas, la falta de dinero, las personas que nos dicen que todo es imposible, que no somos capaces, la burocracia y los visados entre países, cuando navegar es solamente el mar, nuestro cuerpo y el barco.
¿Y cómo es la relación con tus padres cuando estás de viaje? ¿les avisás cuando llegás bien? Digo, pensando sobre todo en tu padre, que sabe de los peligros o dificultades que te acechan.
En general no me gusta mucho estar en contacto, solo utilizo un aparato satelital con el que envío mensajes cortos. No me comunico mucho con mis padres durante los viajes porque podrían quedarse muy preocupados y no me ayudarían a resolver los problemas. Entonces solo me comunico con personas que realmente me pueden auxiliar en una situación sin relaciones muy afectivas.
Por tu propia experiencia, ¿qué creés que es indispensable para hacer una navegación en solitario? ¿Qué elementos te resultan imprescindibles?
Un cronómetro, un reloj, para despertarme en esos veinte minutos de sueño. También preciso ropa confortable y un diario para escribir en caso que yo me muera. Me parece importante para tener un registro de lo que aconteció. A veces, cuando estamos solos por mucho tiempo, empezamos a entrar en pensamientos repetitivos o negativos. A veces un poco paranoicos o desesperados. Pero cuando escribo no tengo más derecho de ser víctima, estoy obligada a ser la protagonista de la historia y a ver mis posibilidades para volver al control de la situación. Me ayuda mucho, por eso creo que un cuaderno es importante.
Para todo lo demás hay sustitutos: por ejemplo, me pasó que no funcionara el piloto automático y, sin embargo, un pequeño libro me indicó cómo poner las velas de una cierta manera para que el barco quedara equilibrado. Sé que es posible hoy navegar de otras formas con el sextante, guiándote por las estrellas, en navegación costera también. Pero, además, de todo esto es muy importante que en el casco no entre agua (risas).
Además, hoy cuando preparamos una navegación quizás la parte más difícil son las visas de los países, la documentación, la burocracia, no son abiertas del mismo modo para todos. Un pasaporte francés no tiene el mismo valor que el pasaporte brasileño o argentino, entonces pasamos mucho tiempo enfrentando tempestades de papel (risas) y, después, cuando estamos navegando todo parece más fácil.
La relación entre la navegación y la literatura es muy antigua, ¿por qué creés que es tan importante este vínculo entre la escritura y el mar? ¿o bien qué te motivó a escribir libros que retraten estas travesías?
Es una relación muy importante, porque creo que sin la literatura una gran parte de la navegación no tendría sentido. Las navegaciones son ricas porque parten de la misma imaginación. Estamos durante muchos días, en el medio del mar, sin nada alrededor, a través de la literatura nos conectamos a otras personas que hicieron esa misma travesía en otra época, muchos años atrás, o en un paisaje quizás similar a este. Las experiencias de los otros también nos ayudan a pensar que las situaciones difíciles que estamos viviendo no son tan complicadas y que las buenas son quizás mejores de lo que habíamos pensado porque la realidad siempre es más compleja que la imaginación.
Los libros nos permiten imaginar y el deseo es la única razón que nos convierte en navegantes: no hay motivos lógicos para hacer una travesía, es poco confortable, peligrosa, lenta, cara, para ir de un punto a otro del planeta. Sin embargo, si lo hacemos es porque tenemos un deseo y eso solamente nace de la imaginación. La literatura, para mí, es todavía una de las artes más poderosas para ampliar esa imaginación: mucho más que el cine, las series, los videos, la fotografía, la pintura. En cuanto leemos algo tenemos la impresión de estar en el lugar, con nuestras propias referencias internas, creamos un mundo o un universo completo.
¿Qué te pasó entonces cuando comenzaste a escribir tus propios libros?
Me pasaba que, a veces, me enojaba: la palabra ‘blanco’ no era suficiente, por ejemplo, para describir lo que estaba viendo. Los icebergs, los hielos, la nieve. Las palabras para el sol o los olores no son suficientes: ese vocabulario me resultaba muy precario para todo lo visible. En muchas ocasiones yo quería contener ese mundo que observaba en las palabras y me encontraba siempre insatisfecha con lo que lograba poner en el papel.
Además, creo que es una obligación de todos los navegantes que tienen el privilegio de realizar sus sueños y compartirlos, de dejar plasmada esa experiencia, porque muchas personas no tienen la oportunidad de soñar o pierden ese deseo cuando crecen: entonces esta es una forma de agradecer al mundo por la oportunidad de estar en el mar, de hacer lo que yo más amo en la vida y que, además, es una herramienta muy poderosa para cambiar la vida de las personas.
Todos los días recibo mensajes de personas que después de leer uno de mis libros me dicen decidí cambiar de país, decidí tener hijos, decidí separarme de mi novio, hacer un doctorado o un viaje o cambiar de trabajo. Yo no le dije nada a nadie, solo conté mi viaje. Pero necesitan una pequeña energía para animarse: que el deseo finalmente pueda vencer al miedo.
¿Cuáles son los principales libros que te marcaron?
El primero es un libro francés de un navegante, Gérard Janichon, que fue primero lanzado en tres volúmenes y cuenta la historia de dos amigos de 18 años que en los años sesenta deciden partir para dar la vuelta al mundo, no tienen mucho dinero, pero son jóvenes. Entonces alistan un pequeño barco de madera, para viajar, con muchas dificultades pero una gran voluntad de ir lejos. Finalmente lo hacen durante cinco años.
Creo que es un libro que retrata el poder de la ingenuidad y la juventud pero también habla de una gran amistad y del amor al mar. Me parece que nos muestra cómo las cosas son difíciles pero si supiéramos todo de antemano o lo que conlleva probablemente ni siquiera lo intentaríamos. También habla de un mundo que cambió mucho, de las fronteras, de los países.
Por último, ¿cuáles son tus próximos planes para estas semanas?
Entre los planes más inmediatos está la finalización de dos libros que ya están en marcha, uno sobre el invierno en el Ártico y otro sobre el Paso del Noroeste, que serán lanzados en Brasil y Francia por ahora. También tengo algunos proyectos en solitario pero de eso prefiero no compartir nada hasta que no los lleve adelante o hablar solamente de lo que realmente hice.
En un par de semanas partiré con una expedición hacia la Antártida, con un grupo de navegantes, que vamos a investigar la pesca del krill. Hay muchos países que están utilizándolo para alimentar los salmones (que es una industria que está creciendo cada vez más), que rompe con toda la cadena alimentaria y es muy destructivo para todo el ecosistema marino como las ballenas, los pingüinos, las focas. Los animales están empezando a sentir la falta de comida, por eso vamos a indagar qué está ocurriendo junto a un grupo de científicos, buzos, periodistas, para mostrar qué está pasando con este tema.
Enlaces:
Livro Nós : o Atlântico em solitário
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Desde «Navegantes Oceánicos» agradecemos a Tamara Klink, que comparta con nuestros lectores sus experiencias como navegante y sus grandes aventuras como el paso del NW, el atlántico en solitario o un invierrno invernando en el Ártico.
Con toda nuestra admiración, te deseamos mucha suerte en tus próximas aventuras y mucho éxito en las publicaciones de tus libros.












