Las travesías y expediciones científicas de este geógrafo nacido en Ushuaia, en Tierra del Fuego –en el extremo austral de Argentina—, permiten aventurar nuevas rutas: desde conocer las Islas Malvinas o las Georgias del Sur hasta subir por toda la Patagonia hacia Brasil. La historia de un aventurero que recorre los sitios gélidos e inhóspitos de los mares del sur.

El piano no entraba en el barco entonces llevó una melódica: esa flauta con boquilla y teclas que sopla y sopla –como el viento del canal de Beagle, constante, intempestivo—, con algunas melodías que atraen, seguramente, delfines, gaviotas o cormoranes. Esa fue la primera imagen que vi hace un tiempo del Pic La Lune –tocando o, mejor, acariciando la luna, en francés—con un gran músico de Argentina, Nico Sorín que, en medio de un océano de iceberg y con los picos nevados de un glaciar surcando el horizonte, rascaba melodías sobre la proa de este velero de casco bermellón.

Diego Quiroga, el capitán de este velero de acero naval fornido-, nació y creció en Ushuaia: uno de los extremos más lejanos del mundo. Es navegante desde muy pequeño –y claro, como indica el piano que no embarcó y también la melódica que viaja de tripulante— también músico. Empezó a navegar a los nueve años en uno de los dos clubes náuticos de su ciudad, donde arrancó con optimist, siguió con windsurf, pero también practicó kayak y esquí acuático. Unos años después continuó con Láser, se subió a los Pamperos y también hizo los cursos de patrón de yate a vela y motor deportivo y profesional.

“Mi viejo empezó a navegar por unos amigos del trabajo y me llevaba los fines de semana en un velero de 19 pies”, recuerda, ahora. “Tengo la suerte, además, que el club quedaba a unas diez cuadras de mi casa, entonces agarraba la bicicleta, todos los días, desde los diez años y me iba hasta allá. En el fondo del taller, un día, encontramos un optimist: ahí comencé. Me dijeron esto es así y así, medio que me dejaron y me largué. En el 99 arrancó la Escuela de Vela. Ese club todavía sigue siendo el patio de mi casa”, reconoce, ahora, entre risas.

NorPatagonia Puerto Madryn año 2000

Pero la historia de Diego no se quedó ahí: más tarde, a los quince años, de barco en barco, empezó a colaborar en el armado de las expediciones científicas, tomaba mate con los investigadores, observaba las preparaciones de las campañas. “Fue una época, también, donde comenzaron a hacerse muchas expediciones a la Antártida o a venir diferentes navegantes de todas partes del mundo a Ushuaia”.

Los años pasaron y terminó la secundaria. En Bahía Blanca –una ciudad ubicada en el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires, a 600 kilómetros de la capital, en el límite entre la región pampeana y la Patagonia— estudió Biología Marina (para poder hacer expediciones) pero abandonó: siguió con Geografía. Poco después, se doctoró en la universidad y se formó como investigador en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas.

Sin embargo, el llamado del mar fue más fuerte: comenzó con travesías cortas y, en 2014, realizó su primer recorrido oceánico en el velero Ocean Tramp de Punta del Este a Mar del Plata. También navegó por todos los canales de Tierra del Fuego, el océano Atlántico y el Cabo de Hornos, con sus aguas gélidas, las variables meteorológicas de la región –con fuertes vientos y oleajes desmesurados— y el aura de las historias de los navegantes que naufragaron en el Canal Onashaga (idioma Yagan), todo regado por las narraciones de paisajes inhóspitos y poco explorados.

En 2017 realizó su primera travesía larga como capitán: fue de Puerto Montt (en Chile) a Ushuaia para buscar el Pic La Lune. En 2019 y 2020 trasladó el velero Alma Mía de Buenos Aires a Puerto Deseado. En 2022 participó en una expedición antártica con Selma Expeditions y en 2023 en la travesía Ushuaia–Piriápolis (también en Uruguay) sin escalas. Hoy plantea nuevos recorridos, además de ser presidente del club de sus amores, ese “patio” que quedaba a pocas cuadras de su casa: la Asociación Fueguina de Actividades Subacuáticas y Náuticas (AFASyN).

Entrevista a Diego Quiroga

Diego, ¿Cómo comenzó esta aventura del Pic La Lune y qué posibilidades te dio el velero para hacer este tipo de expediciones en Tierra del Fuego?

Yo nací y crecí en Ushuaia. Me fui a estudiar a Bahía Blanca pero en 2010 vine por unas vacaciones y un amigo me invitó a navegar. Ahí me di cuenta que quería volver a vivir a mi ciudad. Empecé a dar clases, a trabajar en la universidad, hice un doctorado y un posdoctorado. En 2020, con la epidemia de COVID, me replanteé mi vida y mi trabajo: porque siempre que podía me gustaba ir a navegar.

Un día, después de mucho pensarlo, renuncié a mi cargo como investigador de CONICET y a todos mis trabajos relacionados con la actividad académica y pedí licencia como docente en la Universidad de Tierra del Fuego por unos meses: para ese momento ya había comprado el barco y tenía varias expediciones en marcha y clases de navegación que daba en el club.

Toda esta región del Canal Beagle es un destino para todo navegante a nivel mundial, ya sea por su cercanía a Cabo de Hornos o bien como puerto de abastecimiento para aquellos que deciden adentrarse en la Antártida. Un día, incluso, charlando con uno de ellos en el muelle del club, que había viajado por muchos lugares, me invitó a ir a la Antártida esa misma semana y le dije que sí. Cuando regresé de aquella expedición renuncié a la universidad también y me enfoqué en hacer lo que más me gustaba.

¿Cómo te topaste con el Pic La Lune y qué tipo de instrumentos tiene a bordo para estas campañas?

Una pareja de españoles venía recorriendo el mundo: fueron por el Mediterráneo, el Caribe y los mares del sur. Yo los conocí acá. Cuando llegaron a Puerto Montt, en Chile, pararon, el barco quedó en tierra y lo pusieron a la venta. Cuando me enteré, me comuniqué con ellos y lo fui a buscar.

Es un velero de 38 pies, con aparejo sloop, con una cabina en proa, conejera en popa y cuchetas en el salón principal. Tiene un peso de 12 toneladas. Fue construido en Francia, en 1995, de manera amateur. Está previsto para alojar hasta cuatro personas pero hice algunas modificaciones para que entren seis porque algunas expediciones duran hasta dos semanas. Es cómodo y seguro, se pueden pasar varios días a bordo. Tiene estufas y es para estar tranquilos varios días si es una travesía más larga. Tiene radar, comunicación satelital, internet, VHF, AIS, piloto automático, balsa salvavidas y bote auxiliar, también elementos de seguridad personal para toda la tripulación.

Velero «Pic la Lune»

¿Hasta Puerto Montt?

Sí, fue mi primera gran expedición como capitán. Pero allá estaba el barco y tenía que ir a buscarlo. Nunca había estado más de tres días arriba de un velero y siempre en lugares bastante contenidos o cerca de Ushuaia. Acá, de golpe, regresé por lugares donde no había estado jamás: era una navegación de un mes, con mil y pico de millas náuticas, en un barco que conocí 48 horas antes de zarpar y que había estado cuatro años afuera del agua.

Hoy lo pienso y fue bastante arriesgado. Tenía tan poca experiencia que con un amigo que estaba en la tripulación calculamos mal la comida para un mes y, entre los nervios y la inexperiencia, cuando llegué a mi casa había bajado ocho kilos (se ríe). No sé, yo había estado siempre como tripulante y acá tenía que tomar las decisiones como capitán. Por ejemplo, pasar el Golfo de Penas (uno de los lugares más difíciles) y tener que calcular la meteorología para cruzarlo. Creo que esos riesgos también me permitieron crecer un poco más y aprender cosas  nuevas.

Me imagino que el barco cuenta con algunos aparejos o características propios por la bravura del viento de la Patagonia, las mareas y corrientes con el oleaje de esta región.

Sí, claro, le hice algunas adaptaciones para navegar por esta región. De todos modos fue construido en la década del 90, donde se buscaba trabajar con materiales más duraderos y tiene algunas cosas sobredimensionadas como el doble stay popel y doble stay de proa. Es un barco fuerte.

Por ejemplo, tenemos una cadena de fondeo de 100 metros de largos y 10 milímetros de espesor y un ancla de tipo delta de 25 kilos, con un cabrestante eléctrico para fondeo. De hecho, hay varios fondeos donde he tirado los 100 metros, como cuando vamos a Península Mitre (porque si bien son cuatro metros de profundidad hay 50 nudos de viento y, por las dudas, tiro todo).

¿Qué otros recaudos tenés que tomar en este tipo de regiones?

En esos casos, fondeo cerca de la costa, para que no genere olas y que el viento venga de tierra. Pero me ha pasado de quedarme solo en el barco porque bajan a hacer algunas investigaciones por dos o tres días y yo quiero dormir tranquilo, comer algo, leer un libro, para eso tiene que haber cadena. Los cables de la jarcia ocurre lo mismo: porque estamos acostumbrados a que sople, que haya mucho viento, que se rompan las cosas, acá hay que cambiarlas todo el tiempo, todo es muy exagerado.

En el barco compré hace poco un motor de 50 caballos, que puede ir a 7 nudos, pero como entré en lugares con 5 nudos de corriente en contra tengo que tomar algunos recaudos. No se puede entrar con el viento o la corriente en contra y eso implica cuestiones de seguridad para entrar o salir de un fondeo. En Tierra del Fuego también tenemos los vientos catabáticos, que es una corriente de aire frío y denso que desciende de una zona elevada como una montaña: entonces, de golpe, tenés ciclos de 50 o 60 nudos por 45 segundos. Pero te agarra ese viento de frente y tenés que tener máquina para que el barco responda enseguida.

¿Cómo funcionan las cartas náuticas en una región tan inhóspita?

La información de las cartas es muy escasa: tenemos datos de los canales principales con rutas establecidas pero después, en todos los demás territorios o lugares como los fiordos en Chile, se hace de manera exploratoria. Hay varias aplicaciones como Navionics que podés cargar cartas actualizadas pero que después tenés que explorar por tu propia cuenta porque no están al día.

Sin embargo, empezás a explorar y a desarrollar un sentido de entender lo que estás atravesando por el solo hecho de mirar las paredes, si caen de manera recta, aunque hay lugares donde me he pegado con el barco contra la piedra. Lo mismo ocurre con los vientos catabáticos: desarrollás un sentido especifico para leerlo. Si tenés vientos constantes de 25 nudos y te ponés al sotavento de una montaña, por ejemplo, van a caer sí o sí. Entonces podés predecirlos de algún modo.

También ocurre que fondeás y pensás que vas a tener viento del oeste, pero adelante tenés un paredón, preparás los cabos –porque a veces fondeamos con el ancla y dos cabos a tierra—y el viento entra tan fuerte, pasa por arriba de la montaña que pega y vuelve: entonces tenés 20 nudos pero de manera constante.  

Por lo que contás, por tu formación y conocimientos realizan todo tipo de campañas científicas con el barco ¿no?

Sí, la posibilidad de acceder a zonas inhóspitas desde un velero es importante desde el punto de vista científico. Pic La Lune fue parte de relevamientos con biólogos marinos estudiando macroalgas o cetáceos, pero también biólogos que estudian la fauna terrestre y aves, oceanógrafos, geólogos y geomorfólogos.

También hemos hecho recolección de microplásticos, entre otras actividades vinculadas con la ciencia. Hace poco me ofrecieron también hacer una expedición para un documental con arqueólogos para ir a visitar determinados lugares. Me parece que lo más importante para las travesías es que tengan un propósito.

¿Por qué creés que las expediciones o travesías tienen que tener un sentido determinado?

No me interesa hacer actividades relacionadas con el turismo. Desde 2022 que arranqué, lo que busco son armar campañas y expediciones, porque quedé con muchas relaciones en CONICET y salimos bastante a trabajar de este modo: al menos dos veces por año viajamos a Península Mitre, la Isla de los Estados o la Costa Atlántica. Tenemos muchos proyectos o ideas para llevar adelante.

El sentido, en definitiva, es que el viaje tenga un objetivo más allá de ver los paisajes o de la misma experiencia de la navegación. Que deje algún conocimiento concreto y eso se arma con gente que tiene preparación previa aunque sean los cursos o clínicas de navegación (que son otras de las actividades en este velero).

La ciencia nos moviliza a determinados desafíos: por ejemplo, hace poco me hablaron un grupo de biólogos de Chile para ir a trabajar a una colonia de cormoranes al Pasaje de Drake (una de las rutas más peligrosas del mundo) o viajar hasta el Estrecho de Le Maire para ir a grabar delfines con hidrófonos, entonces hay que navegar a una determinada velocidad, con un rumbo preciso, para grabarlos de manera adecuada.  

¿Cómo se relaciona esta búsqueda con la travesía que llevaron adelante con Nico Sorín?

La música siempre da vueltas arriba del barco y nunca faltan instrumentos a bordo. De hecho, como no cabía un piano sumé la melódica. Yo soy músico (o intento al menos). Hace como diez años llevé un velero hasta Punta del Este y, al regreso, pasé por Buenos Aires y fui a ver la banda de Nico Sorín, Octafonic. Le compré los discos, le mandé un mensaje, porque me estaba yendo a Malvinas escuchando ese disco.

Este verano me mandó un mensaje contándome sobre un proyecto musical ligado a las Sinfonías Ártica y Antártica que realizó en 2024. Entonces le recomendé recorrer el Canal Beagle desde Pensínsula Mitre hasta los fiordos en Chile: la idea era ver el contraste de un extremo a otro, desde lo más inhóspito y agresivo del Atlántico Sur (porque confluye la corriente y los vientos del Cabo de Hornos), la desolación de esos territorios plagados de historias de asentamientos efímeros y de naufragios, hasta los fiordos, con una pequeña tripulación que incluyó un ilustrador y un documentalista que filmaba.

Tuvimos mucha suerte además porque caminamos mucho, navegamos con delfines, tocamos mucha música (yo había llevado la guitarra y la trompeta) y llegamos a ver un glaciar por 45 minutos de sol (después de dos días de lluvia, que estaba totalmente cerrado) que fue un sueño: como si se corriera el telón en un teatro. Ahora Nico está terminando los arreglos de unas doce canciones. Esta experiencia, volviendo al tema que hablábamos antes de las excursiones de turismo, reafirma esto que comentaba antes: que los viajes  tienen que tener un motivo, que me llenen y colmen.        

Para finalizar la entrevista Diego, ¿Cuáles son los próximos proyectos?

Siempre tenemos ideas y proyectos en mente que ojalá se concreten. Hace un año y medio me compré otro barco, de 15 metros, que tiene tres camarotes, dos baños, con capacidad para nueve personas. Es un barco de 1979, construido en Italia, que tiene como plan salir del canal y viajar hacia otros lugares como Malvinas. Se llama La Pinta (pero le voy a cambiar el nombre).

Sueño también con ir a las Islas Georgias del Sur (justo ahora llegó un amigo que viene de allí), empezar a viajar a Buenos Aires, hace un tiempo llevé un barco  a Piriápolis y en trece días estábamos allá (en Uruguay) y en dos semanas quizás, me imagino, podríamos estar en Brasil. La experiencia con Nico Sorín también me llevó a pensar en que la música podría ser parte del proyecto, lo mismo que toda la trama audiovisual, que era algo que no se me había ocurrido hasta ahora.

El plan, de todos modos, es empezar a vivir un poco más el mar: un lugar donde puedo conectar y pensar de otro modo, que creo que vibrás en otra frecuencia.  

NICO SORÍN a bordo del Pic la Lune

Nico Sorín, uno de los músicos y compositores más versátiles de la escena contemporánea argentina, describió sobre la experiencia en el Pic La Lune: “La idea de esta travesía fue bastante orgánica. En febrero me había ido a Salta a escribir una sinfonía –que es algo que vengo haciendo tanto en la Antártida como en el Ártico, escribiendo una obra El Concierto Bipolar—, y ahora quería probar esto de los polos pero en el mismo país: me tocó hacer la Puna (en el extremo norte) y, de repente, surgió un mensaje con un amigo que conoce a Diego, que había escuchado mi banda hace un tiempo, nos habíamos escrito unos años atrás. Se alinearon los astros y, en dos o tres meses, organizamos este viaje. Fuimos cuatro personas: Mak (este amigo que nos reunió) que iba dibujando y cocinando, Diego (el capitán del velero), Jorge (que se ocupó de filmar y documentar todo) y, con la música, yo”.  

El artista, que se formó en el Berklee College of Music y creó bandas como Octafonic, también resumió: “Siempre que hago estos viajes trato de no indagar demasiado, creo que el efecto que te generan es importante y si uno investiga mucho después tiene demasiada información entonces no se deja sorprender. La verdad es que realmente me impactaron los dos viajes (porque creo que fueron dos en lugar de uno): el primero que fue la travesía desde el Beagle hasta Bahía Aguirre, que es toda la parte de Península Mitre, y que fue una cosa completamente diferente a la que hicimos después, que fue Ushuaia por el oeste, hacia el lado de los fiordos, los glaciares y el circuito Ventisqueros. El primero de una soledad absoluta, muy rústica, de cuentos y naufragios, que salió una música muy de este estilo; y la otra, de los fiordos, una especie de Narnia, muy extraña, con sus glaciares, muy bella, donde casi no nos cruzamos a nadie en ningún trayecto. Fue como estar completamente solos en el mundo”.

Sobre el álbum en sí mismo, Sorín graficó: “De alguna manera, lo que fui haciendo, como hace un científico con sus muestras, fue lo mismo pero musicalmente con cada uno de los ‘personajes’ que me iba encontrando en el camino. Desde el cóndor andino, los glaciares, el viento hasta los naufragios o la marea. Me pasó algo parecido en el Ártico (y que no me había pasado en la Antártida): yo escribía el movimiento de una sinfonía porque capturaba todo un espíritu pero acá había muchos personajes y cosas que ocurrían a la vez. Ahora estoy tratando de cerrar la obra, de orquestarla, de conseguir la orquesta para tocarla, y supongo que después ya saldrá en su formato musical y gráfico (con lo que hizo Mak con sus ilustraciones) pero todavía le falta un poquito”.

Desde «Navegantes Oceánicos» agradecemos a Diego Quiroga que comparta con nuestros lectores sus experiencias en la mar y exploraciones a bordo del velero oceánico «Pic la Lune» en esta interesante entrevista.

¡Mucha suerte y buenos vientos en tus proximas navegaciones y proyectos!