Aurora Canessa puede mirar para atrás y contar que vivió mil vidas: fue corredora de motos, paracaidista, capitana de su propio barco, fundó empresas, se largó a la mar y conoció la distancia en cientos de singladuras. Navegó hasta las Islas Malvinas cuando se cumplieron diez años de la guerra en 1992 y ganó la competencia tradicional del Río de la Plata con sus 500 millas. Pero, quizás, lo más importante –hasta ahora— es que fue la primera mujer de Argentina que cruzó el Atlántico en solitario a bordo de su velero Shipping a los 65 años.

Después de la muerte de su madre, sin hijos ni maridos que la amarraran a Buenos Aires, decidió recorrer el mundo en velero: volvió diez años después, en 2020, cuando la ciudad se aprestaba a cerrar todos los puertos por la epidemia de COVID-19. Sin embargo, no se amedrentó: “Toda mi vida me manejé por la intuición, nunca por el cerebro, por la mente. Siempre fue algo que me salió de las tripas, de adentro, que luego –muchos años después—cuando me puse a estudiar, entendí que eso era el chacra de la creatividad. Pero entonces no lo sabía”.

Ahora, esta mujer valiente, indomable, curiosa –que celebró sus ochenta años a fines de septiembre pasado—, acaba de regresar de un periplo por toda la Patagonia de Argentina, subida a bordo de una casa rodante (un motorhome), mientras planea su próxima travesía y se ilusiona con una risa fácil y un espíritu que contagia las ganas de recorrer los mares del mundo, que Aurora conoce como la palma de su mano: desde el mar Adriático o el Mediterráneo hasta el océano Pacífico o el Atlántico.

¿Cómo fueron tus inicios en la navegación a vela?

Yo comencé a navegar cuando tenía cuarenta años. En 1985 me divorcié de mi marido y me fui de mi casa: cambié mi vida de princesa. Me había casado muy joven, a los 20 años, y empecé a trabajar para comer. No tenía nada, estaba en cero. Tuve que vender mi auto, que alquilar un departamento, arrancar otra vida de la que llevaba hasta entonces. Pero con mi marido solíamos ir a pescar: mi primera pasión en la vida estuvo en ir al río. 

¿Y desde qué edad pescabas?

Yo vivía en Olivos (a la vera del Río de la Plata) y desde los cuatro años que pesco: siempre fui pescadora y estaba cerca del agua. Íbamos con un bote, con una lancha, en lo que fuera. Después del divorcio, cuando logré arrancar con el trabajo, cuando pude –finalmente– me compré una lanchita Bermuda SuperSport y me iba a pescar. En ese momento, una vecina del departamento que alquilaba –y que seguramente me veía que iba y venía con los elementos de pesca todos los fines de semana–, me invitó a un curso de navegación a vela en el Club Piedrabuena. Hice el curso de timonel, lo aprobé y una vez que me recibí decidí que tenía que tener mi propio barco. 

¿Te gustó navegar a vela entonces?

Sí, pero no me gustaba navegar en barcos de varones. En aquella época, los hombres eran bastante machistas y no existían las mujeres que tuvieran sus propios barcos. Entonces me compré un Microtonner, que es un velero de 18 pies, y empecé a navegar. Navegué, navegué y navegué. Navegué mucho. Después de un año y medio se me ocurrió ir a Malvinas. Entonces di ese barco en parte de pago y me compré un barco de madera, el Malabar, un clásico, y con ese empecé a hacer otras travesías. Desde el barquito pequeño no paré nunca hasta hoy: son más de cuarenta años de navegación.

¿Cómo era la vida de un mujer navegante en esos años?

En aquel momento había muy pocas mujeres: recién cuando tenía ese barquito pequeño me invitaron a una regata femenina, que comenzó por esos años, pero había uno o dos barcos, nada más. Siempre eran los barcos del padre, del marido, no existían mujeres con barcos propios. 

¿Cuáles fueron las travesías más importantes en estos cuarenta años?

Una de las más importantes fue justamente ese viaje a las Islas Malvinas. Logramos lo que quería: estar en Puerto Argentino en 1992, cuando se cumplieron los diez años de la guerra del Atlántico Sur, cantando el Himno Nacional con nuestra bandera de cuatro por dos flameando en la popa del Malabar (que era mi barco de aquel entonces). También entregamos 300 cartas con mensajes de chicos argentinos a pequeños malvinenses. Cuando regresé de esa travesía empecé a lograr un poco más de reconocimiento en la náutica local. 

También corriste regatas como las “500 millas del Río de la Plata”, que es una de las más duras y exigentes.

Durante nueve años corrí el campeonato en dobles y llegaba un día y medio después. Todos se mataban de la risa. Hasta que un día gané las “500 millas del Río de la Plata”: fue la primera vez que una mujer, en la historia de esa competencia, obtuvo el primer puesto. En ese momento tenía un barco que era el Shipping chiquito: un Krypton 27. Fue un hito: la gané porque llegué, nada más, porque tenía el barco más pequeño, pobre, pero porque todos los demás abandonaron en el camino. Eran 23 o 24 barcos de los mejores navegantes del Río de la Plata y todos dejaron en medio de la regata. El YCA me tuvo que hacer la fiesta y la entrega: me llevé toda la mesa con los premios pero solo porque había llegado. 

¿Y después qué pasó?

Cuando navegaba de regreso de la travesía a Malvinas, venía sola, de noche, timoneando el barco, y me pregunté: “¿Y ahora? ¿Qué quiero hacer, de qué tengo ganas?” Entonces pensé, desde las tripas, de manera intuitiva: “Ahora quiero cruzar el Atlántico en solitario”. Fui la primera mujer en Argentina que lo hizo. Ese pensamiento fue en 1992 pero lo hice recién 18 años después: en 2010. Tuve que prepararme mucho tiempo para eso, organizar mi propia empresa, ver cómo solventaba una travesía con esas demandas.

¿En qué barco hiciste el cruce del Atlántico?

—En 2005, el astillero Pandora me ofreció un barco: estaban haciendo una serie nueva y querían que los primeros veleros fueran para los referentes náuticos de Argentina: “Queremos que vos tengas uno”, me dijo el dueño del astillero, que es uno de los más prestigiosos. Yo nunca me imaginé que iba a tener un barco como ese, de 32 pies, porque es muy costoso, muy lujoso, muy hermoso. El Pandora 320 yo no podía pagarlo y se fueron acomodando las cosas: pude vender el anterior a un amigo que me lo sobrepagó, me prestaron dinero, lo devolví después. Pandora me ofreció muchas cuotas, me ayudaron mucho para que tuviera ese barco. Yo siempre hice todo muy a pulmón. 

¿Cuáles eran tus rutinas, por ejemplo, en el cruce del Atlántico? ¿Cómo fueron las horas de sueño, las comidas, los horarios para 3.550 millas (unos 6.500 kilómetros)?

Yo partí en 2010: tenía 65 años cuando salí del puerto de Olivos, cerca de Buenos Aires, en abril de ese año. En septiembre cumplí los 66 y crucé el Atlántico. En el cruce en sí mismo, dormía cada 20 minutos: 20 minutos despierta y otros 20 minutos dormida, me ponía un reloj para despertarme y así sucesivamente.

Me llevó dos meses en total: hice toda la costa de Brasil, el Caribe, las Antillas, todo por el norte: cuando llegué a la última isla sobre el noroeste, Saint Maarten, de ahí seguí hasta las Islas Bermudas. Ahí me quedé una semana completa para reabastecerme, buscar víveres, agua, dormir. Son unas 600 millas en total en ese tramo hasta las Islas Azores (donde paré también otra semana), en medio de océano, donde continué viaje hasta Europa. 

¿Cómo se trabaja el pronóstico en una navegación oceánica?

En ese momento, ahora un poco también, navegaba casi sin instrumental. No navego con tecnología. Solo con un GPS pequeño que me daba la posición. Tenía, incluso, las cartas náuticas impresas en papel y con ese GPS las marcaba mientras navegaba. No tenía Plotter, nada de nada. Un amigo que me llamaba una, dos o tres veces por día: tenía un teléfono satelital y nos comunicábamos para ver cómo estaba. Después del cruce del Atlántico, estuve 10 años navegando por todos los mares de Europa: vivía en mi barco e iba recorriendo todo por agua. Regresé recién en marzo de 2020. 

Tu vida es un libro completo: ¿llevás bitácoras de viaje?

Sí, en aquel momento hice una bitácora de ese viaje, que está publicada en la página de la Asociación ADAN. Me crucé con dos huracanes. Ahí me pregunté qué necesidad de estar acá, con frío, mojada, con hambre, con sueño. Sobre todo el sueño. Pero es muy importante la comunicación y todo el equipo que rodea la travesía: la familia, los amigos, otros navegantes.

¿Cómo es la labor que llevan adelante en la Asociación ADAN?

Fui una de las socias fundadoras hace veinte años. Ahora soy la presidente de ADAN (Asociación Deportiva Argentina de Navegantes): nombré muchos delegados en el mundo. Ahora que me fui al sur con la camioneta nombré cuatro o cinco en distintas provincias. Es una organización no gubernamental, para dar asistencia a todos los navegantes en el mundo donde tengamos un delegado.

Es una función importante, con una red de ayuda a los navegantes que llegan a la costa y que necesitan a alguien que les sostenga el cabo cuando amarren en un lugar. Lo viví cuando estuve esos diez años en Europa. También hay un trabajo de divulgación para mantener viva la memoria y la historia de decenas de navegantes de Argentina. 

¿Cuáles son tus próximos planes?

Uno de mis hitos más importantes era cumplir ochenta años. Lo logré. Unos días después, me estaba duchando (ningún estado meditativo, se ríe) y se me ocurrió: ya cumplí ochenta años, ¿y ahora qué voy a hacer? Ya se me ocurrió qué, la vara está un poco alta pero espero poder hacerlo. No quiero decir nada más por ahora. 

¿Cuáles son los principales recaudos que debe tomar una persona para navegaciones de este tipo? ¿Cómo te estás preparando para las próximas travesías?

Me cuido, como sano, hago Pilates y también Reiki. Me organizo rutinas para estar sana y fuerte. Ya tengo un objetivo con mi próximo desafío y espero poder cumplirlo. Haré todo lo posible para lograrlo: ya empecé a arreglar mi barco para eso, porque todo lleva tiempo y energía. Lo más valioso que me está pasando en este momento es reconocer mis capacidades: tener la suficiente humildad como para saber que no tengo la fuerza de los sesenta o los cuarenta. Yo hago lo máximo posible para estar sana.

Mi felicidad es tener un propósito e ir en busca de eso.

Desde «Navegantes Oceánicos» agredecemos a Aurora Canessa, a la que tenemos un gran admiración, su colaboración es esta apasionante entrevista.

Le deseamos a Aurora mucha suerte y buenos vientos en tus próximos proyectos.

Puedes obtener más información en los siguientes enlaces:

Asociación Deportiva Argentina de Navegantes: https://adan.org.ar/tag/nav-aurora-canessa/

Instagram “El viaje de Aurora”: https://www.instagram.com/canessaaurora/?hl=es

YouTube Aurora Canessa: https://www.youtube.com/@AURORACANESSA