Una pareja de Argentina, María Minuto y Sebastián Spigolon, dejaron su vida en tierra firme para navegar por el Caribe: después de un par de años en San Blas, se animaron a hacer una travesía hasta Baja California y planean –en el futuro— llegar hasta Polinesia. Hoy, desde el Golfo de Panamá, en el Pacífico, nos cuentan cómo comenzaron esta aventura junto con sus tres hijos adolescentes.
Un día, María Minuto y Sebastián Spigolon, una pareja de argentinos con tres hijos adolescentes, se pusieron de acuerdo: cuando cumplieran 48 se iban a largar a navegar por el mundo, con los pocos ahorros que tuvieran, ajustados al barco que pudieran comprar en ese momento, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. El trabajo, la crianza, los padres, un accidente que cambió todo, el COVID-19 que enfermó a algunos amigos los había puesto contra las cuerdas: es decir, la vida misma, con todas sus luces y sombras. Por eso, decidieron que, sin mediar ese deadline, tenían que dejar de postergar los sueños para más adelante y ya no les quedaran fuerzas para tirar un ancla o levantar una vela.
Sin embargo, el plan se adelantó, finalmente, para unos años antes. Los mellizos ya estaban más grandes, empezaban la universidad. Su hija más pequeña, Joaquina, a punto de arrancar la secundaria. Todos se subieron a bordo de la aventura (aunque a veces finalmente bajaran en algún puerto para volver a subir unos meses después en el siguiente). La transición los llevó a estar unos meses en el agua, otros en tierra (cuando su trabajo en la costa, un restaurante, en temporada alta, les permitía esas idas y vueltas), hasta que se animaron a soltar amarras y comprarse el gran barco: un Benetau Oceanis 473. El “Martini”.
“Ahora estamos navegando por el Golfo de Panamá. Nos dirigimos hacia Costa Rica, por la famosa Punta Mala, que es una región conocida por una creciente muy fuerte y por olas muy locas. Por suerte venimos navegando muy bien: elegimos, justamente, una ventana de viento que promete una travesía cómoda y disfrutamos de un mar calmo y una Luna hermosa”, cuentan, ahora, a Navegantes Oceánicos una mañana soleada desde la costa donde fondearon ayer por la madrugada por la sorpresa –y la maravilla— cuando despertaron, subieron a popa y vieron ese paisaje de manglares y el olor húmedo de la selva regando las costas.
El plan de esta travesía –que realizan en conserva con otra familia, El viaje del Bohemia—, contempla continuar hasta el Mar de Cortés, llegar hasta Baja California y, unos años después, quizás, cruzar hasta la Polinesia francesa. “Nuestra hija más pequeña tiene 16 años, está en el último año de la escuela secundaria, tal vez quiera estudiar Biología Marina en Baja California. Hace buceo, caza con arpón, también apnea. Ya vimos algunas universidades posibles. Eso marcará los tiempos también de las travesías que realizaremos en los próximos años”.
¿Cómo comenzaron a navegar? ¿Cuáles fueron sus inicios y con qué recursos contaban?
(Sebastián) Yo nací en Mendoza, trabajé siempre como guía de montaña. Me gustaba mucho el mar y también los barcos pero no tenía acceso (es una provincia al pie de la Cordillera de los Andes). María es de Buenos Aires, pero su familia tenía un emprendimiento en Cariló (en la costa del mar argentino, en la Provincia de Buenos Aires). De hecho, nos conocimos en una cabalgata, en el Cruce de los Andes, donde era su guía. Cuando decidimos estar juntos y formar una familia, nos mudamos a la costa para trabajar en el restaurante de su familia, porque ella se había recibido de economista.
En esa época, hace unos 20 años, comenzamos a viajar desde Pinamar hasta Mar del Plata (a unos 100 kilómetros) para hacer el curso de timonel. También íbamos y veníamos a Mendoza, en un auto muy chiquito que teníamos, con nuestros mellizos (Josefina y Mateo) de tres años, hasta que tuvimos un accidente muy grave en la ruta, en el que María se salvó de casualidad, porque estuvo muy, muy mal. En ese momento abandonamos el curso de timonel pero nos gustaba mucho el buceo y empezamos a viajar y conectarnos con eso.
¿Qué pasó después?
(Sebastián) Siempre pensábamos en retomar la náutica. En un momento volví a completar el curso y, en 2020, compramos un velero de 26 pies que estaba en una amarra en Mar del Plata: íbamos y veníamos los fines de semana, en pleno invierno, para navegar. Era difícil.
(María) Es que como teníamos el restaurante en la costa y hacíamos toda la temporada de verano, con esos horarios en el trabajo solo podíamos navegar en pleno invierno. Nos moríamos de frío.
(Sebastián) La pandemia después detuvo el mundo y nos permitió pensar qué queríamos hacer. Nosotros trabajábamos tanto, era tan absorbente el restaurante, todos los días, a cualquier hora, que nos pusimos una fecha: habíamos dicho que nos íbamos a retirar a los 48 años, con lo ganado hasta ese momento, porque nuestra hija más chica terminaba el secundario. Lo que queríamos era poner en marcha ese sueño de juventud, aunque veíamos que la fecha se acercaba… (risas). No queríamos tener 60 años, juntar la plata, comprarnos un barco y ya no tener el físico para levantar un ancla. Hasta ese momento teníamos una familia convencional, nuestro negocio, una casa en la costa de Argentina, con ganas de explorar y viajar pero la pandemia ayudó a decidirnos.
Apenas se abrieron las fronteras, en el Caribe conseguimos un barco de 34 pies y la llamé a María (que su mamá estaba muy enferma, en la ambulancia, con COVID), no abrió ni el enlace que le mandé y me dijo:
“Sí, cómpralo, sin dudarlo. Nos vamos”.
Era el primer barco que habíamos visto en San Blas que nos gustaba, de un cordobés, que justo lo puso a la venta. Nos dimos cuenta que con ese barco íbamos a pasar mucho más tiempo a bordo de lo que pensábamos, aunque para ese momento íbamos y veníamos de acuerdo a la temporada en Argentina.
¿Cómo llegaron a este nuevo barco? ¿Qué características tiene?
(María) Hace dos años fuimos de Bocas del Toro a San Blas y, como los chicos finalmente estaban un montón de tiempo con nosotros, lleno de amigos y amigas, decidimos que necesitábamos un barco más grande para poder viajar y navegar con comodidad: en Panamá nos compramos este velero.
(Sebastián) Sí, habíamos estado buscando barcos en España o Estados Unidos pero justo surgió la posibilidad de comprar este barco, que era de un amigo nuestro, el Martini. En ese momento hacía tres años que estábamos en San Blas y por eso también lo preparamos para hacer charters. En ese camino decidimos vender nuestro restaurante en la costa de Argentina. Toda la transición que hicimos en estos cinco años finalmente nos llevó hasta acá. Porque de la meta que teníamos para los 48 todo se adelantó.
¿Qué elementos consideran que no deberían faltar en una navegación oceánica? ¿cuáles son las principales cualidades de este barco?
(Sebastián) La seguridad, para mí, es innegociable. Yo soy bastante obsesivo con todo, me pongo a estudiar en profundidad. Tengo mucha experiencia en seguridad por las expediciones que hice en mi profesión, con cuestiones climáticas que hay que tener en cuenta tanto en la montaña como también en el mar. La forma de prepararse, la meteorología, los procesos de seguridad, cómo manejar los riesgos, es todo muy similar.
El Martini es un Beneteau 473 del año 2004. En estos dos años, desde que lo compramos, nos dedicamos a equiparlo, sabiendo qué necesitábamos para hacer cruces y lo que esperábamos de este barco: le cambiamos las velas, compramos un Watermaker, nos gustaba mucho que la popa fuera abierta porque pasamos mucho tiempo en el agua, hacemos pesca, Wind Foil, apnea, de todo. Es un barco muy sólido, navega muy bien. Después obviamente está el confort, porque en una época, en el otro velero, juntábamos agua de lluvia y se puede vivir perfectamente, obviamente que si le vas agregando comodidades es mejor. Pero no son un condicionante.
¿Qué características tiene este barco para esta travesía?
(María) Fue un gran cambio pasar de 34 a 47 pies. Se mueve menos, todo es más cómodo. En el 34 era todo manual, no teníamos ni molinete eléctrico, ese barco fue la gran escuela. Era un barco de los 80, que además ceñía mucho, fue construido para que se escore. Se ponía súper molesto con las olas grandes. Ahora nos sentimos en un crucero, tenemos cuatro camarotes, dos baños, una popa amplia, súper tranquilo, estamos muy seguros. Además, acá en el Caribe, si se rompe algo y llamás a alguien te dicen que vienen mañana y llegan en tres meses. Hay que tratar de ser autosuficiente con todo porque se nos rompió una vela y hubo que cocerla completa con un generador y la maquinita.
(Sebastián) En el Caribe Sur, además, aprendimos un montón porque es un mar bastante bravo, cuando entran los vientos alisios y las olas son grandes, las condiciones se tornan difíciles. Desde la Costa de Colombia hasta Bocas del Toro, que era donde nosotros nos movíamos, hay olas y corrientes cruzadas, grandes, vientos fuertes. Una cosa más es que somos bastante obsesivos con el mantenimiento que es parte fundamental para los lugares aislados donde nos gusta estar: desde la sunbrella hasta los parasoles le hicimos de todo, le actualizamos todo el sistema eléctrico, parecen cosas muy caras pero como las estudiamos y hacemos nosotros no es para tanto. Yo creo que teniendo las herramientas y algo de conocimiento te da mucha seguridad e independencia. Ahora que volvimos a salir vimos que el barco está muy bien preparado y muy cómodo para navegar de manera placentera.
Pero seguramente les habrán pasado historias menos felices también…
(Sebastián) Sí, una noche, mientras cruzábamos el canal de Panamá, con todos los grandes buques, se nos rompió el motor. Era un problema clásico con el filtro y el gasoil pero nosotros no lo sabíamos. Estábamos con los tres chicos a bordo. En el momento lo pasamos mal. Ayer, por ejemplo, nos quedamos sin piloto y ahora no me estreso tanto, porque ya tenemos más experiencia o se hace más natural ver cómo arreglarlo para seguir. Lo que sabemos es que hay que tener el motor y velas en condiciones, electricidad y agua. Eso es fundamental. En el Caribe tampoco es que tuvimos grandes problemas, porque donde estábamos no hay huracanes ni mareas altas o bajas, pero sí tormentas muy violentas con rayos (que es muy común). Hemos vivido noches con tormentas eléctricas muy fuertes, donde a todos los barcos les cayó un rayo.
(María) También nos cambió mucho tener internet todo el tiempo. Porque cualquier cosa uno puede consultar o incluso por temas de seguridad.
(Sebastián) Creo que Starlink cambió el juego de manera completa. Sin eso creo que tendríamos que haber esperado un poco más, porque no tendríamos el colegio o la comunicación con nuestros hijos que es fundamental en esta etapa cuando están en tierra. Hubiera sido imposible sin esta posibilidad. Creo que eso le abrió puerta a mucha gente para este tipo de vida…
¿Es una vida costosa?
(María) No, para nada. Aquí vivimos con muy poco, no gastamos en nada. No importa tanto la plata. De hecho, hay gente que está dando la vuelta al mundo por segunda vez en un barco mínimo mientras otro lo hace en un crucero gigante. El día a día es infinitamente inferior que, por ejemplo, en una casa con impuestos, si pagas la escuela, el gimnasio, el auto, la nafta. Una vez sacamos una cuenta: si dejábamos nuestra casa en invierno nos sobraba para vivir en el barco y sin trabajar en nada. Obviamente, teníamos ese trabajo en temporada alta y cerrábamos el local para venirnos todo el invierno a navegar acá.
Ahora tenemos que repensarnos cómo seguir sin el restaurante y financiar este tipo de vida que es bastante austero. En la ciudad gastamos mucho más dinero que acá, que ni siquiera hay dónde consumir. Por lo pronto, en tierra te enfermás más (risas). También nosotros comemos mucho lo que hay, lo que sobra, lo que se puede poner feo y no lo que realmente tenés ganas. Incluso mucho de lo que pescamos. Por eso en algún momento hay que jugársela, no quedarse siempre en el vamos a.
¿Qué cambios notaron en el cruce del Atlántico al Pacífico?
(Sebastián) En estos días estamos alucinados con esos cambios, mirando todo por primera vez, porque es muy diferente. La vida marina: el paisaje, los animales, el mar, la forma de navegar, la verdad es que es lindísimo. Hace dos días estábamos en una isla seca, con cactus, sin nada, ahora en una costa repleta de manglares, aves y monos. Llegamos anoche y no sabíamos ni dónde estábamos, hoy amanecimos y no lo podíamos. Es una hermosura todo.
Hace tres días fuimos a un río de agua dulce, no sé, va cambiando todo el tiempo. Yo me di cuenta anoche que estábamos en la selva porque cambió hasta el olor con la humedad del ambiente. Lo intentamos también en las Baleares ahora, que estuvimos dos meses en España, pero esto es espectacular porque nos gusta mucho lo agreste, lo tropical.
A diferencia de otras familias que viven y navegan a bordo de barcos con niños pequeños tienen hijos adolescentes o jóvenes, ¿cómo manejan esto?
(María) En un primer momento, cuando arrancamos, los chicos estaban contentos con la aventura. Pero, al principio, no era tan fácil llevárselos al medio del mar y que no dijeran nada. Los más grandes estaban empezando la facultad y con Joaquina pedíamos permiso en el colegio para llevarla uno o dos meses. Íbamos y veníamos todo el tiempo. Hace dos años empezó a hacer homeschooling porque le encanta la vida marina pero también con su idiosincrasia de una adolescente de su edad. Entonces está un poco allá y otro poco acá, hace algunas travesías con nosotros y en otros momentos se vuelve a la Argentina. Lo pensamos hasta que ella quisiera, porque en realidad también el plan era hacerlo cuando ellos se independizaran. No queríamos que nos agarre mirando películas en casa (risas).
Sin embargo, todo se fue dando y adelantando también. Se dio un poco antes de lo previsto, casi cinco años de transiciones, sabiendo también que íbamos a tener que sacrificar el plan si ella no quería seguir con esta vida a bordo o si se le antojaba estudiar Medicina. Ahora, por ejemplo, viajó para estar con sus amigos del colegio anterior en el UPC (una celebración para festejar el último primer día de clases del colegio) y puso nuestra casa como sede, o sea, que me pidió que llegue tres días después para acomodar todo (risas).
(Sebastián) Finalmente también todos pasaron mucho más tiempo con nosotros de lo que pensábamos en un primer momento, por eso también nos animamos a ampliar el barco. De hecho, Mateo está ahora con nosotros, haciendo este tramo del viaje, se bajará en el sur de México o en Costa Rica, porque está terminando la facultad en Mar del Plata. Josefina está terminando la facultad en Mendoza. Joaquina tiene 16 y está terminando su último año de secundaria. El año pasado fue su gran planteo que quería ir a los cumpleaños de 15 de sus amigas, que el último primer día de la secundaria, todo lógico, fue un poco convulsionado. Pero, al mismo tiempo, le gusta mucho la naturaleza. Ahora quiere estudiar Biología Marina en la facultad, por eso estábamos yendo a Baja California para ver si pasamos un par de años allí hasta que se acomode y después seguir nosotros nuestra propia travesía.
¿Cuál sería el ideal entonces para tener una vida a bordo con una familia?
(Sebastián) El ideal hubiera sido tener a los chicos pequeños, porque es cierto que no vemos barcos navegando con adolescentes, necesitan sus pares, sus espacios. Joaquina estuvo siempre con gente grande o cuidaba a los más chicos. En estos años conocimos muchas familias, con chicos escolarizados, de manera virtual o presencial, habituados a la vida marina, que viven bien en el barco, pero que a los 12 o 13 años ya quieren ir al colegio por la cuestión social. Es vital. Yo estaba tratando de acordarme cómo era el último año de la secundaria y, tal cual, todo mi mundo pasaba por mis amigos y por la escuela.
(María) Yo creo que ella fue quien nos guió hasta acá. Ahora que está terminando la secundaria creo que visualiza un poco más lo que quiere hacer. Ayer mismo hablamos con ella, que está ahora hasta el mes que viene en Argentina, porque le contábamos que vimos ballenas y delfines acá, y nos decía ‘qué ganas que tengo de estar allá’. Es una nena también que pesca con arpón, hace apnea, que toda esta vida para ella es ideal, porque si fuera otra adolescente no fluye tanto.
¿Cuáles son sus próximos planes? ¿Siguen por Baja California?
(Sebastián) El plan es ir hasta Baja California y más adelante, cuando Joaquina se instale, en uno o dos años, seguir hasta la Polinesia. Justo allá hay una universidad estatal a la que queremos aplicar, porque también ella quería estudiar Biología Marina pensando en todos los animales que conoció acá. Dicen que Baja es muy grande para explorarlo y también hacer comunidad con otras familias y barcos de amigos que fuimos conociendo en estos años. Tenemos que llegar antes de mayo, que es cuando bajan los huracanes.
Después, lo que nos imaginamos es seguir navegando, nos gustaría (dentro de unos años) si tenemos la oportunidad o se da la posibilidad también tener un catamarán para vivir todo el tiempo a bordo, cuando seamos grandes. Si ya me quedo viviendo ahí y es mi casa, de forma definitiva, creo que será más cómodo para navegar o fondear de esa forma. Hace unos años no teníamos ni el tiempo, ni el dinero, ni el estilo de vida: soñando llegamos hasta acá, con pensar en esas nuevas posibilidades no perdemos nada.
Enlaces:
Sailing Martini: https://www.instagram.com/sailing.martini/
Desde «Navegantes Oceánicos» agradecemos a María y Sebastián su colaboración en esta interesante entrevista en la que nos han compartido sus experincias de vida a bordo de un velero con su proyecto Sailing Martini.
Muchas suerte en el futuro, buenos vientos y buena mar !
