Federico Waksman, ingeniero, fue el primer representante de Uruguay, el primer sudamericano y el séptimo navegante no francés en proclamarse vencedor en una de las pruebas más difíciles de la navegación transatlántica en solitario: la 24ª Mini Transat en la división Serie, en 2023.

El año pasado, además, Federico obtuvo el primer puesto en la Mini Fastnet, junto al francés Benoît Marie, en un recorrido de 600 millas que consistió en pasar por mítico faro de Fastnet frente a las costas Irlandesas y volver al puerto de salida.

Federico Waksman

Algunos navegantes le dicen ‘el Himalaya del mar’: la Mini Transat es una regata transatlántica en solitario para veleros de 6.50 metros. La clase “Mini”. Fue creada en 1977 por Bob Salmon y está considerada como un rito de iniciación en la vela oceánica, donde los navegantes cruzan el Atlántico en dos etapas: desde Les Sables D’olonne, en Francia, pasando por Canarias hasta Martinica o Guadalupe, en el Caribe, sin ninguna asistencia externa y con recursos muy limitados, que ponen a prueba la resistencia, las habilidades y la autosuficiencia en altamar.

“Es ante todo una prueba contra uno mismo”, resume Federico Waksman, que compara ese barco con subirse a un Twingo: solo se permite llevar una radio VHF, con un alcance máximo de 50 kilómetros. Los barcos cuentan con dos divisiones: producción (diseños aprobados) y prototipos (más avanzados). Los navegantes no pueden tener ningún contacto con tierra ni solicitar asistencia, salvo en caso de emergencias, bajo amenaza de ser desclasificados en las 4.000 millas que deben recorrer en solitario. Además, requiere una gran preparación para la experiencia con la clasificación de solo 90 competidores cada dos años.

Sin embargo, este ingeniero industrial mecánico –que estudió en la Universidad de Montevideo— y navegó en el Yacht Club Uruguayo en el Río de la Plata, consiguió alzarse en 2023 con el podio y se convirtió en el primer representante de su país, el primer sudamericano y el séptimo no francés en lograr tal hazaña a bordo del Like Crazy. En 2025, además, alcanzó el primer puesto en la Mini Fastnet, una regata en la ciudad francesa de Douarnenez, a bordo del Nicomatic, junto al francés Benoît Marie, en un recorrido de 600 millas que consistió en pasar por mítico faro de Fastnet frente a las costas Irlandesas y volver al puerto de salida.

Federico, ¿Cómo fueron tus comienzos en la navegación?

Yo comencé un poco tarde, a los doce años, para lo habitual en los niños que hacen optimist. Fue en una escuela del Club Náutico que no competía, no estaba federada ni nada, solamente tenía su rampita en Montevideo. Era un club náutico pero apenas tenía una rampa: íbamos ahí desde que era muy chiquito, un grupo de socios habían hecho, con mucho esfuerzo, por una pequeña cuota, una cancha y una piscina. Le habían dicho a mi mamá si quería hacer optimist pero si no sabés de qué trata la vela, el remo, no tenés ni idea.

Un verano estaba con mis hermanos en la piscina junto a los hijos de otra familia que eran muy amigos de mis padres (tenían cuatro chicos y nos dejaban quedarnos en el club para movernos solos o en la colonia de vacaciones) y uno de ellos estaba haciendo optimist y me invitó a navegar. Ya cuando me dijo de qué tampoco entendí mucho. Yo no sabía lo que era navegar a vela, más o menos como el 90 por ciento de los uruguayos, pero ese mismo día lo acompañé, me metí al agua en un barco solo: no quería parar de ir nunca más. Un entrenador me vio algún potencial y me invitó a ir a otro club. Mi padre luego me compró mi primer barco.

¿Qué pasó después?

Entre mi padre y este entrenador me hicieron socio del club. Ya cuando tenía catorce o quince empezaron los campeonatos, me hablaban del Nacional y yo ni sabía qué era (más que un club de fútbol de Uruguay). Arrancó la época de los cumpleaños de 15 o mis compañeros de escuelas se iban a Bariloche de viaje de estudios y yo me perdía todo y no me importaba nada. Supongo que eso le gustaba a mi padre (risas). Después del optimist continué en Snipe, porque en ese momento no había muchas opciones en Uruguay. Hoy en día se corren algunas categorías más. Entonces me subía como tripulante donde me invitaran o cuando les faltaba algún chico para un entrenamiento hasta que me agarró Ricky, que es un navegante muy conocido en el país, y empecé a competir en algunos mundiales. Después mi padre consiguió comprar algunos Snipes y comencé a competir más fuerte.

Arranqué Ingeniería en la Facultad y con una pasantía que me daban me gastaba todo el sueldo en viajar, porque en Uruguay no se compite, entonces empecé a ir a todos lados y ganamos la Paysandú, la Rólex, la Semana de la Bandera en Rosario. Cuando te empieza a ir bien también te enganchás más, con barcos buenos, que te daban más probabilidades de que te vaya mejor y con gente que sabe mucho. Porque si me quedaba en un solo círculo no iba a aprender nada. A veces no podía pagarlo pero llevaba dos o tres barcos en un tráiler y con ese resto armaba todo y llevaba también el mío para competir. Después me quedaba todo el proyecto final de la carrera en la facultad y tuve que parar por un par de años, porque necesitaba concentrarme en eso y fue un bajón no poder navegar.

¿De qué manera te fuiste formando después?

Para ese momento yo tenía una espina que era que había viajado un montón gracias al apoyo de mis padres pero solo conocía los clubes náuticos y no había visitado los lugares donde paraba. Por ahí iba a una regata pero entre el entrenamiento y la competencia después me volvía y no había salido en toda esa semana del club. Tenía que estar muy concentrado o sentía mucha presión: me pasó en Ecuador, Malta, Chile, Italia o Portugal. Eran millones de lugares pero solo conocía el club. Entonces pensaba que cuando terminara la facultad quería viajar como mochilero durante un año: corrí un Sudamericano que se hacía en Uruguay después me dediqué a viajar.

Ese año me picó el bicho y volví a navegar con un barco que había que traer de Europa hasta Brasil. Después de ese año como mochilero, volví a Uruguay y me llamó Nicolás González (que es un navegante uruguayo con muchos logros internacionales), que estaba en Europa y quería armar un equipo. Además, necesitaban a alguien para trabajar durante la temporada. Entonces volví del viaje, me corté el pelo, me afeité y me fui a trabajar con ellos. Me pasé todo el invierno en España haciendo esa temporada allá, empecé a trabajar con barcos de 80 o 90 pies, que también es muy desafiante. Me terminé involucrando mucho y estaba bueno porque aprendí un montón: andábamos por los varaderos más importantes de Barcelona. Pero, al mismo tiempo, necesitaba mi propio proyecto.

¿No estabas compitiendo?

Solo en las regatas con ese barco. Entonces cuando aprendí todo lo que creía que me servía, me terminé abriendo y trabajé durante tres años para un brasilero con el que construimos un barco en Finlandia. Al final terminé trayendo el barco con amigos, desde el norte del Báltico, helado, hasta el Mediterráneo, porque su familia quería pasar la temporada de verano. Un amigo, en ese momento, se compró un Mini Trasant y yo lo ayudaba a arreglarlo. También trabaja para otro millonario y tenía su barco al lado del mío, entonces cuando terminábamos toda la jornada nos poníamos a hacerle cosas. Es muy buen nauta pero no le apasiona tanto la competencia.

¿Cómo describirías una competencia de tanta exigencia física y mental como la Mini Transat?

Una navegación oceánica tiene mucha exigencia física, implica no dormir, comer mal, es mucho más sacrificada que la navegación regular. Más allá de que todas las regatas tienen su presión, es algo demasiado duro. Es una competencia que, además, parece que sirve para demostrar que sos un buen nauta: en cierta manera es verdad porque llegás a enfrentarte con muchas condiciones muy adversas o exigir tu barco de una manera tan brutal, pero también es porque le encontrás un sentido a la competencia, donde terminás aprendiendo de tus propios límites y también de tu propio barco. Entonces quizás sí terminás siendo mejor nauta, es verdad, pero a costa de un montón de cosas. Me apasionaba todo eso, aprender a navegar solo, como una espina, que hay que ir a fondo.

 ¿Toda la preparación del barco fue realizada en Barcelona?

Sí, justo este amigo me ofreció ese barco, lo había estado evaluando pero le dije que no, finalmente llamó a unos franceses que querían comprárselo y cuando estaba a punto de cerrar la operación, me volvió a insistir que ese era mi barco. Me ofreció que no se lo pague en el momento, que lo haga después cuando pueda. Entonces me enganché, empecé a ganar regatas con ese barco, primero con el Circuito Mediterráneo, después me compré el Pogo 3 y pasé al Atlántico.

Es que también justo cuando, en 2014, me llamó Nico González para ir a trabajar a Europa toda la base de su proyecto era en Barcelona: entonces ese puerto de Badalona, que estaba creciendo, con todo el impulso que le dimos lo hizo aún más. Fue un crecimiento enorme de la industria, desde los armadores hasta el que te vende el tornillo. Entonces por eso también tengo una afinidad enorme con Barcelona porque fueron muchos años de construir cosas y ver cómo creció todo ese puerto, de conocer a todos sus trabajadores, en medio de la ola de COVID, yo encerrado en un hangar para construir mi proyecto.

Las reglas se fueron modificando o cambiaron también con el tiempo ¿no?

Los franceses se fueron perfeccionando año tras año y las reglas se fueron ajustando durante todo este tiempo. Se van acumulando reglas, digamos, también por un tema de seguridad por millones de cosas que van sucediendo en las regatas. Yo corrí en el Pogo 2 y después salió el Pogo 3, que es de otro astillero, pero cuando comencé la regata ya había otro diseño nuevo en el mercado.

El otro punto muy importante es la clasificación, porque tenés que haber acumulado determinada cantidad de millas en la clase Mini y clasificado un año antes. Te preparás durante mucho tiempo para eso. Si no ya no entrás. Hay tanta gente queriendo hacerla y los puertos no pueden habilitar 300 personas, que solamente entran 90 (que es bastante también). Quizás, inclusive, hay una cantidad de gente que pudo acumular esa cantidad de millas, de las competencias habilitadas para su clase y no pudo entrar a la regata anterior. En mi caso, en 2023, antes que yo había 150 personas más. La próxima, por ejemplo, es en 2027.

Sin embargo, creo que todo ese entrenamiento es necesario, uno lo veía también, porque la gente que llegaba con lo justo terminaba abandonado. Por eso la Mini Trasant es una de las pocas regatas oceánicas de nivel, de elite, que se corre en clase, porque todos los barcos son iguales. Una vez que clasifiqué, por ejemplo, estaba 100 por ciento entregado a eso: dormía en mi camioneta, al lado del barco, me conseguí el mejor entrenador para que me prepare, había ganado casi todos los campeonatos de la temporada y también con la experiencia de haber hecho la primer regata en 2021 y aprendido muchas cosas con eso.

¿Cuáles fueron las principales dificultades que se presentaron en este tipo de competiciones?

Todo el proceso lleva mucho tiempo. Además, una cosa es aprender a navegar y otra muy distinta a competir. Por ejemplo, reducir velas, poner la quilla de otro modo, ver el lastre del barco, es decir, una lista interminable de cosas que vos hacés antes de abandonar el barco que cuando sos regatista es enorme. En cambio, si sos navegante ves dónde está el siguiente puerto, que tampoco está mal. Entonces para saber toda esa lista de cosas que podemos hacer son muchos años de aprender y acumular experiencias.

¿Cómo era tu barco?

La competencia original tenía un sentido que estaba bueno: cada uno debía construirse un barco y tratar de llegar del otro lado. También porque en esa época no había tantos astilleros. Después eso se fue modificando y se fueron armando barcos a escala. Era un barco muy competitivo, que ya estaba armado y probado, le fui haciendo pequeñas modificaciones.

Pero hay otros barcos que están centrados en hacerles cambios con foils para que sean voladores. Por ejemplo, un barco en lugar de ir a 14 nudos puede alcanzar los 22. Por eso es tan importante probar en los Mini Trasant y luego eso puede llevarse a un barco más grande de 60 pies y hacés la vuelta al mundo en solitario. Pero el banco de pruebas siempre es ese barco. La clase permite eso: te comprás un diseño con dos pesos.

Por lo que mencionás también el financiamiento debe ser complejo, ¿no?

Lo otro –muy importante– es el financiamiento (risas). Al final se resume a eso: nos pasamos el 90 por ciento de nuestros proyectos buscando el dinero para solventarlos. En cierta manera competimos con otros tipos de deporte que cuentan con grandes empresas. También en países de Sudamérica como Uruguay es difícil porque falta una cultura náutica, no nos abren las puertas o nos cuesta mucho conseguir financiamiento para proyectos ambiciosos. La náutica no está tan inmersa en nuestra cultura como, por ejemplo, sucede en Francia. Justo antes de Navidad nos reunimos con el secretario de Deportes, tratando de buscar apoyo para dos proyectos que hacemos a pulmón, con la idea de sumar nuevas escuelas en el país para las chicas y los chicos de Uruguay.

¿Hay pocas escuelas para niños en Uruguay?

Claro, para mí los niños son la base, es donde debería comenzar a generarse esta cultura náutica. Es lo que estamos tratando de hacer ahora, por ejemplo, con las escuelas públicas, que están de espaldas al río o las playas. Hay lugares donde solo es hacer una rampa, con tres o cuatro barcos, pero las escuelas que hay que se van apagando de a poco porque hacen todo a pulmón.

¿En qué consiste la Mini Fastnet, que ganaste hace pocos meses, en 2025?

Ese barco con el que competimos tiene un sistema de foils que permite elevarse sobre la superficie del agua para obtener mayor velocidad. La competencia tuvo un recorrido de casi 600 millas náuticas que consistió en pasar por mítico faro de Fastnet frente a las costas Irlandesas y volver al puerto de salida. Lo hicimos junto a Benoît Marie, luego de liderar la flota de 77 barcos durante casi toda la regata.

¿En qué cambió convertirte en el mayor exponente de Sudamérica?

¿Te reciben de otro modo en Uruguay?

Sí, mis argumentos a la hora de pedir financiamiento ahora son claros. También soy socio honorario del club. Todo lo que tiene que ver con lo social, salieron mil cosas y estuvo bueno: me gustaría ser una suerte de embajador para que las nuevas generaciones, por ejemplo, para un niño que esté navegando en la Laguna del Sauce y pueda ver como un Spinakker vuela en el medio del Atlántico.

Soy el padrino de varias escuelas y por eso me reuní con el gobierno también para ver qué herramientas podemos instrumentar para fomentar la navegación en el país. Todo lo que puedo doy: de hecho, el año pasado trajimos un contenedor repleto con materiales desde Francia para donar a una ONG que se llama Viento en Popa, que busca extender la actividad náutica a jóvenes de diversos contextos. También trajimos dos Láser a La Paloma.

¿Y a nivel competitivo?

La realidad también es que, a nivel competitivo, me motiva ir a Francia porque hay mucha diferencia en el desarrollo de la actividad náutica. El año pasado corrimos la Transat Québec Saint-Malo y si bien los barcos están muy limitados porque la categoría indica que deben correrse con determinadas características, se las rebuscaban para que sean unas naves impresionantes. Estamos a años luz.

En la última vuelta al mundo (Vendée Globe), 18 de los 34 participantes habían competido anteriormente en la Mini Transat. ¿Cuáles son tus próximos planes?

Me gustaría estar en la Bretaña francesa para ver qué sale. La idea es seguir navegando y sumarme a nuevos proyectos. La ambición, claro, es dar la vuelta al mundo en solitario en la IMOCA Vendée Globe. Es un proyecto muy costoso pero la idea es ir sumando granos de arena para ver cómo podemos llevarlo adelante.

Enlaces:

IG Océano en Solitario: https://www.instagram.com/oceanoensolitario/

Desde «Navegantes Oceánicos» agradecemos al gran navegante oceánico Federico Waksman su colaboración con esta interesante entrevista y le deseamos muchos éxtitos en sus proximas regatas y proyectos de navegación.

Mucha suerte, buenos vientos y buena mar!