Puente de mando de la Goleta elsi, de guardia 2024

Rochi Costa en el Puente de mando de la Goleta Elsi, de guardia, 2024

Esta joven capitana navegó, en los últimos tres años, más de 40.000 millas náuticas: primero como cocinera, después como segunda oficial, luego como primera hasta que capitaneó ella el barco de la empresa. De las regatas del Río de La Plata hasta los iceberg del Polo Norte en un viaje sin escalas por los mares más difíciles –y helados— del mundo.

Capitana goleta elsi en groenlandia 2025

Rochi Costa, Capitana de la Goleta Elsi, Groenlandia, 2025

Rochi Costa comenzó a navegar desde pequeña por el Río de la Plata, junto a su padre, que tenía un Pandora 31 de toda la vida. Después comenzó a practicar vela ligera en el Club Universitario de Buenos Aires (CUBA), en optimist, desde los ocho hasta los quince años. Siguió con ILCA y cuando despuntó la adolescencia dejó un par de años “porque me perdía todos los planes con mis amigas” entre regatas, entrenamientos, mantenimiento y campeonatos porque “la náutica es muy intensa para las niños o las niñas”.

Fue recién cuando terminó la escuela secundaria que arrancó con el curso de timonel: “Siempre había navegado en monotipo. Mi papá no me enseñaba mucho de su barco porque somos ocho hermanos y los varones eran los que se encargaban del velero”, resume. “En ese entonces ni siquiera sabía cómo se ponía un Spinakker o una Genoa. Estuvo buenísimo porque me empecé a vincular con mucha gente que navega cuando arranqué el curso que duró como un año”

Nunca se imaginó, sin embargo, que esas primeras travesías la iban a llevar tan lejos. Después de algunos intentos de trabajos tradicionales, se dedicó a la navegación oceánica: primero como cocinera, después como segunda oficial, luego como primera hasta que comandó ella el barco de la empresa: en los últimos tres años alcanzó más de 40.000 millas náuticas entre el Ártico y la Antártida, en travesías por los mares más fríos y difíciles del mundo.

Optimist 2007

Rochi Costa, Optimist, 2007

Rochi, ¿Cómo fueron tus inicios en la navegación?

La navegación comenzó de la mano de mi papá, que tenía un velero Pandora 31. Pero yo no sabía armar el Spinakker o la Genoa, siempre lo hacían mis hermanos. Cuando terminé la secundaria hice el curso de timonel y me empecé a vincular con gente que navegaba, que tenía barcos más grandes, empecé a correr regatas. Me metí en la dinámica de los campeonatos grandes con varios barcos del club, que son diez o quince veleros que corren de toda la vida y durante todo el año hay regatas para participar. En el curso conocí a una chica y nos hicimos muy amigas, al año siguiente también empezamos a correr en J24, nos fuimos perfeccionando, hicimos un equipo femenino que fue muy bueno.

¿Qué pasó después?

Empecé a estudiar Administración de Empresas y, cerca de los 21, hice un cambio radical. No me hallaba en Buenos Aires: trabajaba en un estudio contable, iba a la facultad de Ciencias Económicas, todo en el microcentro, con horarios, no me gustaba mucho trabajar y estudiar durante todo el día, tener solo dos semanas de vacaciones por año.

Me fui a vivir a Australia, después a Francia, empecé a viajar, a trabajar, ahorraba algo de dinero. En esa época extrañaba mucho la rutina que llegara el fin de semana, agarrar la bicicleta, irme al club y salir a navegar. Entonces en Australia me sumé a unas regatas que había los viernes, en un club, después del after oficce, pero la barrera del idioma me limitaba.

Goleta Tolkien antartida 2026

Goleta Tolkien, Antartida, 2026

¿Te faltaba algo?

Sí, ese año que pasé en Francia directamente no navegué: entonces pensaba me encanta viajar, pero me falta el agua. Empecé a hablar con mi instructor del curso de timonel en el club, porque quería empezar a trabajar en náutica en Croacia, Grecia, España, donde tenía algunos amigos, que también combinaba viajar y navegar. Volví a Buenos Aires, hice el curso de patrón y una vez que hiciera eso podía ir a Europa a perfeccionarme para hacer una carrera náutica. Ese año me volví a enganchar con la navegación, me di cuenta que era parte de mí y que no podía volver a dejarlo. En esa época, además, los instructores me decían que como navegaba de toda la vida, tenía una noción muy intuitiva del viento que los demás: eso me motivaba mucho, porque me salía fácil (risas). Pero después arrancó la pandemia y no pude viajar a Europa a completar esos estudios.

¿Cómo empezaste a navegar de manera profesional entonces?

Sobre fines del 2020, me encontré con un amigo en el club que me preguntó qué iba a hacer finalmente, porque habían comprado un velero en el Caribe, lo tenían que ir a poner a punto para correr unas regatas y cruzarlo al Mediterráneo. En dos semanas estaba en Antigua: era un barco de 60 pies, enorme, hermoso, muy regatero. Nos quedamos tres meses pero por el COVID se suspendieron los campeonatos, era muy difícil permanecer en el país por la situación sanitaria en una isla muy pequeña. Volví a Buenos Aires, corrí una regata a Uruguay y algo me hizo el click: en ese momento me enfoqué solo en buscar trabajos en barcos. Empecé a hacer paseos con turistas en un barco en el río pero también me tentaba mucho comenzar con travesías oceánicas en algún tramo más largo.

Tours de fotografia en groenlandia 2023

Fotografia en Groenlandia, 2023

¿Habías hecho, hasta ese momento, alguna travesía más extensa?

No, para nada. Toda mi experiencia era el tramo de Buenos Aires a Punta del Este. Justo le escribí a una amiga que trabajaba con una empresa rusa que habitualmente viajaba a la Antártida y Groenlandia, me dijo que estaban buscando cocinera para una travesía. Dije qué fácil: había que hacer un par de llamadas nada más (risas). Le dije que no, que yo quería navegar, pero me insistió que era una forma de entrar en la tripulación. En tres días estaba en Punta Arenas, en Chile, rumbo al Estrecho de Magallanes. El viaje era hasta Brasil, en una goleta de 37 metros.

Isla Bouvet la isla mas remota del mundo 2024 – goleta elsi primer oficial

Isla Bouvet, la isla mas remota del mundo, 2024 – goleta Elsi, Rochi embarcada como primer oficial

¿Pero tenías alguna noción sobre cómo se navegaba en una goleta?

No, no tenía ni idea. Cuando la vi pensé que era la Fragata Libertad (risas). Lo máximo que había timoneado era un Pandora 34. Éramos cinco rusos, un argentino y yo, que me salvó porque nadie me hablaba, yo no entendía nada. El dueño de la empresa quería probarme como cocinera para ir a Groenlandia, pero aunque me encantaba cocinar yo buscaba ser navegante. Finalmente en ese barco había alguien que se ocupaba de la cocina y lo hacía de manera increíble, yo hice de todo un poco para que me contrataran pero no tenía una tarea asignada. Todas las mañanas me levantaba, me iba al puente y le preguntaba al capitán de dónde venía el viento, cómo estaba la marea, cuál era la ruta planeada.

Ese traslado fue por 15 días, desde Punta Arenas hasta Brasil, venían de hacer temporada en Antártida y lo dejaban ahí…Me quedé con la sensación que eso no era navegar: yo estaba acostumbrada a ir en regatas, sentada en una banda, que la ola te pegue y te moje de manera completa. Acá era todo tan grande que ibas adentro, con calefacción, tomando café, el cocinero te hacía sushi, para mí eso no era sinónimo de navegar (risas). Sin embargo, la experiencia fue muy buena y me desconecté por dos semanas, en una época en la que aún no había Starlink.

¿Qué pasó cuando llegaron a Brasil?

Una vez que llegamos a Brasil, el dueño de la empresa me dijo si quería irme a Italia, que partían en tres días. Le dije que me hicieran una oferta, que yo quería navegar, no solo ser cocinera. Nos fuimos a Sicilia a arreglar un velero de acero de 65 pies, que había estado abandonado durante cuatro años y que había que poner a punto para llevar luego a Groenlandia, para trabajar durante dos meses en la temporada con pasajeros. El regreso era hacia Azores.

¿Pero tenías conocimientos en restauración?

No, no tenía ni idea. En mi vida había agarrado un taladro, una moladora, una lijadora. Pero ahí estaba con el martillo, la espátula, de ocho de la mañana a las diez de la noche, me encantaba esto de ganar aptitudes en carpintería o pintura que se necesitaban sí o sí para mantenimiento en un barco. Terminaba con la cara llena de tierra, dormíamos en el barco todo sucio, me bañaba en el astillero, pero yo estaba feliz porque iba a cruzar el océano. Se trata de una empresa, fundamentalmente, que hace viajes al Ártico y la Antártida por turismo: son tours de fotografía, que seguramente se pueden ver en la página porque la goleta lleva velas rojas y, en contraste con los iceberg, queda épico.

Refit Elsi en Itajai 2023
Reparaciones en Sicilia 2023

Efectuando reparaciones a bordo, 2023

Después seguiste viajando regularmente a Groenlandia, ¿cómo fueron esas experiencias? ¿qué te llamó la atención de las travesías?

En esa primera experiencia yo cocinaba para la tripulación pero también hacía guardias por la noche. Era todo muy intenso. Arrancamos con mal tiempo, con vientos de 40 nudos de frente, olas de tres o cuatro metros, no tuvimos agua, al otro día se rompieron las baterías, siempre nos faltaba algún recurso para bañarnos o cocinar, en un momento quedaba tan poca electricidad que mi jefe nos dijo que cocináramos unas salchichas o calentáramos agua y nada más. Pero yo estaba feliz de cruzar el Atlántico, quizás con un cierto grado de inconsciencia porque no sabía de los peligros pero encantada de la experiencia.

En esos momentos también aproveché a escribir, que me encanta, porque aún no había internet satelital entonces eso te permitía también cierta introspección. Siempre fui la más chica en todas las tripulaciones, solo una vez navegué con otra mujer en todos estos años, sobre todo con los rusos porque creen que no tenemos fuerza y no somos buenas tripulantes. Yo vivo diciendo –y les demostré– que no se trata de fuerza si no de maña. Hay que usar la cabeza. Además, tenés molinetes y algunos son eléctricos (risas).

¿Por qué goletas?

Las goletas son de acero, pueden llevar más de 20 pasajeros, tiene más capacidad y otro nivel de confort, suelen ser más mangudas y altas: en el interior es como un hotel. La gente que quiere ir a Antártida es porque quiere conocer el continente, no por navegar, entonces esto es un intermedio entre un crucero y un velero (que quizás tiene capacidad para 10 personas nada más). Aunque seguís navegando a vela…

Visitando asentamientos en groenlandia niños 2024

Visitando asentamientos en Groenlandia, con niños, 2024

Me imagino además que no debe ser fácil navegar en el deshielo, ¿Cuáles fueron las principales dificultades que debiste afrontar en la goleta, pensando en la cantidad de mástiles o velas que llevan a diferencia de un velero tradicional?

Sí, una de las cosas que más me llamó la atención en esos primeros viajes fue la altura de las montañas, sobre todo en el sur de Groenlandia, y también los icebergs. Tengo la fotografía pixelada de cuando vi, a los lejos, el primero. Eso fue faltando unas 150 millas y, sin embargo, después aparecieron millones, incluso una pared completa que se deprende y arma una barrera. Es un problema porque nunca sabés cuándo termina, el espesor del hielo que no podés atravesarlo y hay que ir muy lentamente viendo por dónde traspasarlo. La ruta de ese día fue increíble, íbamos de un lado a otro viendo por dónde pasarlo: en un momento pusimos un Drone para ver cuándo terminaba, vimos que atrás había unos pescadores, entonces había que ir despacito abriéndote lugar con el barco.

Además, en el verano, no hay viento y suele haber mucho sol, entonces los atardeceres son oníricos. La primera vez que vi ese paisaje pensé que me había muerto, que estaba en el cielo (risas). En cuanto a las velas son más complejas para subir porque pesan más de 100 kilos y el pico es de madera maciza: pero si hay pasajeros las subimos de manera manual, sin molinete eléctrico, porque necesitás por lo menos tres personas para una driza y es divertida hacer la tarea. Para plegar o enrollar esas velas, además, podés estar horas y necesitás mucha fuerza: están preparadas para que duren años y años. Es como doblar una alfombra. Las velas rojas solo están pensadas para hacer fotos, son muy livianas, por eso las subís y las bajás sin problema. Solo para subir la mayor es una maniobra de una hora y media.

En estos barcos vemos el pronóstico con detenimiento porque no podés subir y bajar la vela con tanta facilidad. Por ejemplo, si hay calma, la mayor la dejamos, la ponés al medio y la asegurás; cuando vuelve el viento en todo caso ya la tenés armada. Nunca navegamos tampoco con el viento de popa porque es muy peligroso: una trabuchada con esa botavara es mortal. Tiene que llevar una retenida para asegurarla sin dudas.

Capitana del challenger 67 en Groenlandia icerbergs y nieve 2025

Rochi Costa, Capitana del Challenger 67 en Groenlandia, con icerbergs y nieve, 2025

¿Cómo se dieron los ascensos en la tripulación?

Después de ese primer viaje a Groenlandia, la empresa me ofreció ir de cocinera a la Antártida, porque me encanta cocinar y comer bien, se ve que les había gustado. Pero les dije que yo quería ir de navegante como primer oficial. Me decía que no, que cómo, si era mujer. Esa cosa de tener que demostrar que realmente podemos. Entonces cada vez que pasaba algo y yo lo resolvía, le decía: “¿Ves? Acá primera oficial” (risas). Lo fui convenciendo y, al mes siguiente, me llamaron para terminar de poner a punto otro barco que estaba en Brasil en mantenimiento con un equipo de carpinteros, electricistas, soldadores, que aprendí un montón de cada oficio y realmente lo di todo.

Fui hasta Ushuaia, después me llamaron para ir a la Antártida pero me quebré la muñeca. Al poco tiempo me llamaron para ir de Ushuaia a Ciudad del Cabo, en África, pasando por las islas remotas del Atlántico Sur. Fueron 45 días, en esa travesía ya como primera oficial, en una tripulación de siete personas y cinco pasajeros: todos hombres y rusos. Fue un viaje súper interesante porque es una ruta bastante poco frecuente, tardamos 22 días en llegar a la Isla Bouvet, que pertenece a Noruega, está deshabitada –solo pingüinos, ballenas, lobos marinos– y tiene un volcán y glaciares.

¿Y cómo te sentiste en el rol?

Ese primer viaje me costó mucho. Sentía que todo el tiempo alguien quería ocupar mi puesto o cuestionaba mis decisiones. Por suerte el capitán, cuando alguien me desautorizaba, le pedía que me hicieran caso. También tenía que encontrar cómo dar una orden, cuál era la mejor técnica siendo mujer y a toda una tripulación de hombres rusos (risas). Me costó mucho empezar a liderar.

Después seguí hasta Islandia, el Este de Groenlandia, y de vuelta Brasil y la Antártida. Ese año estuve embarcada nueve meses completos como primer oficial, intensísimo. El año pasado fui a Groenlandia como capitana de un Challenger 67 que crucé desde Azores y luego quedé a cargo de una goleta de 37 metros con la que hicimos paseos en Groenlandia durante 2 meses y de vuelta la cruzamos hasta Azores.

Elsi en groenlandia glaciar 2024

Elsi en Groenlandia, glaciar, 2024

 Rochi, para finalizar, ¿Cuáles son tus planes ahora? ¿Qué otros destinos te gustaría explorar?

Ahora me doy cuenta que me gustaría hacer un poco de vida en la ciudad y también embarcada: cuando no navego me quedo en mi casa en Buenos Aires. La empresa me dio también trabajos de logística para esos meses que no hago travesías, lo que me da un poco más de certidumbre también porque si no solo cobraba cuando navegaba. Lo más difícil de llevar esta vida es que cuando te vas todos tus proyectos quedan en pausa: tu familia, tu pareja, tus amigos. Es muy apasionante la idea de viajar pero también después de un par de años quiero tener algo de estabilidad en un lugar. Un poco de equilibro entre una cosa y otra.

Ahora, por ejemplo, estoy organizando toda la temporada para los viajes a la Antártida, que tenemos base en Ushuaia y Punta Arenas. En mayo ya me embarco como capitana con un viaje a Groenlandia y Canadá –donde vamos a visitar una comunidad originaria, que me entusiasma mucho porque nadie va ahí y prácticamente no hay turismo–.

En cuanto a las travesías me gustaría conocer todas las islas de la Polinesia, en medio del Pacífico, y también hacer el Paso del Noroeste hasta Alaska y Kamchatka. Al mismo tiempo quiero hacer algunas expediciones por mi cuenta, con pasajeros que quieran sumarse y organizarlos completamente yo. En la medida que gane independencia comercial podré planificar cualquier proyecto pero por ahora me centro en la Antártida y el Ártico también. Lo que me gusta son los lugares poco conocidos, de lo que nadie habla o se conoce muy remotamente porque no son turísticos. Ya logré pasar de cocinera a capitana, entonces me pregunto ¿qué sigue?

Primera vez en Antartida, primer oficial goleta Amazone 2024

Rochi Costa, primera vez en Antartida, siendo primer oficial de a goleta Amazone, 2024

Desde «Navegantes Oceánicos» agradecemos a Rochi Costa su colaboración en esta apasionante entrevista y le deseamos mucha suerte en el futuro.

Buena mar y vientos favorables !

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