Todo comenzó con la erupción de un volcán, el Puyehue, ubicado a unos 90 kilómetros al noroeste de la ciudad. La casa donde vivían con sus dos hijos se cubrió de un manto de polvo, el cielo se oscureció, el aire era irrespirable, la crianza de los bebés insostenible, no se podía viajar, ir a la escuela, salir a trabajar o hacer las compras. El paisaje de Bariloche, en la Provincia de Río Negro, al sur de Argentina, que hasta ese momento era azulado, con picos nevados y arroyos de ensueño, se tornó en pesadilla.
Al poco tiempo, otro volcán, con menos intensidad pero igual de dramatismo, también entró en erupción. La escena se repitió, ahora, con otro bebé en la familia. Herman Meder no lo dudó: su infancia a bordo de un barco, en el Delta del Tigre, su afición por la navegación –que lo llevó a la Marina Mercante y, de hecho, hasta la erupción, trabajaba en el Lago Nahuel Huapi— y la idea de continuar el viaje por ríos y mares, con sus tres hijos, hicieron el resto.
La convenció a Rocío, su mujer, y hoy, el paisaje, sin dudas, es otro: una isla de aguas verde-turquesa en el mar Atlántico, el viento, las corrientes y las mareas. Los picos nevados cambiaron por selva verde, frondosa, con tierra colorada. Sus hijos mellizos, Valter y Günter, de 15 años, y Bruno, de 11, completan la tripulación de esta familia de cinco. “Yo no sabía timonear, nunca me había subido a un barco en mi vida, tampoco sabía si me mareaba”, dice Rocío, ahora, risueña, del otro lado de la pantalla desde Isla Grande, en la Costa Verde de Brasil.
¿Cómo comenzaron con esta aventura de vivir y navegar en familia, todos juntos, con tres adolescentes?
—(Rocío) Los dos nacimos en Buenos Aires pero nos criamos en la zona norte de la Provincia. Hermann navegaba en San Isidro y yo vivía en Victoria. Nunca me había subido a un barco. No tenía ni idea del mundo de la náutica, dije qué lindo, voy a ver, no sé.
—(Herman) Yo arranqué a navegar a los 10, 11 años. Me crié en San Isidro, estaba rodeado de navegantes icónicos como Enrique Celesia, más otros que influyeron mucho en mi desarrollo. Después mi papá, que también era muy aficionado a los barcos, vio que yo no salía del velero y decidió fomentar mi pasión, vendió una casa y compró otro barco más. Toda la familia se fue a vivir a un barco en el Delta del Paraná. Después estudié en la Escuela de Mecánica de la Armada, porque quería ser maquinista naval, y nunca más me bajé de un barco ni tampoco paré de navegar.
A los 21 la conocí a Rocío y de entrada le dije cómo venía la mano porque me encantaba vivir en un barco, no conocía otra forma a esa altura ni tampoco me interesaba ver alguna más (risas). Nos fuimos a vivir a Bariloche, yo trabajaba como jefe de máquinas en una dependencia en el lago Nahuel Huapi, nacieron los chicos, estábamos tranquilos por tener cierta contención en salud, social, por vivir en una ciudad como esa en ese primer tiempo. Todos son barilochenses. Nos hicimos una casa, siempre con la idea de venderla para irnos a navegar juntos.
¿Qué pasó después?
—(Rocío) Nos explotaron los volcanes. El primero fue muy fuerte y la erupción ocurrió cuando los mellizos eran chiquitos, tenían menos de seis meses, no se sabía si se podía respirar, porque era como vidrio molido que entraba por las ventanas, las puertas, todos lados, estuvimos encerrados un montón de tiempo, fue muy feo realmente. Después, cuando nació Bruno fue el otro volcán.
—(Herman) Eso fue un impulso muy grande para poder irnos, porque veníamos postergando la partida, esperando el mejor momento con los chicos. Esa fue una señal para decir que teníamos que irnos: de hecho, desde que nos fuimos no explotó ningún volcán más (risas). Entre las explosiones de los volcanes también fluctuaba el valor de nuestra casa, las alternativas de trabajo, se cerraban hasta los aeropuertos, entonces recién cuando se apagaron los volcanes pudimos vender todo y compramos el Kira Kira. Eso fue hace diez años: no nos bajamos más del barco.
Se ve que a Rocío le gustó o, al menos, que no se mareaba en las navegadas.
—(Rocío) Se ve que me gustó (risas). La primera salida fue de Rosario a Buenos Aires. Después hicimos algunos viajes a Colonia, Uruguay, como dos o tres pruebas, para tratar de entender de qué iba esto y de qué se trataba una navegación. Bruno tenía pañales. Me pasé todo el viaje en proa, se movía mucho, porque todos eran chiquitos y nunca me mareé. Hoy que estoy más grande veo que tengo más mañas, pero en ese momento había que cambiar los pañales en movimiento, con el barco que se movía todo el tiempo, no sé cómo me las arreglaba. En el último cruce que hicimos a Colonia dijimos: ¿Y si seguimos al próximo puerto? Fue el próximo, el siguiente, y otro más.
—(Herman) Hay que pensar que veníamos de la montaña y Rocío no tenía mucha noción de las navegadas. De esa forma conocimos todos los puertos de Uruguay como Juan Lacaze, Montevideo, Piriápolis. Menos Punta del Este porque siempre nos dicen que es muy caro. Después seguimos a Rio Grande do Sul –que es el primero al llegar a Brasil desde el sur—y, más tarde, continuamos hasta Ubatuba. No le avisábamos tampoco a la familia para que no se asustara: de allí nos pegamos la vuelta porque teníamos que volver a trabajar. Nos agarraron algunas tormentas, hoy miramos mejor la meteorología, aprendimos muchas cosas en el camino. Después regresamos a Bariloche a trabajar durante un año para recuperar el dinero y volver a emprender otro viaje. El segundo viaje llegamos hasta Isla Grande y, en el tercero, alcanzamos Bahía (en el norte de Brasil).
¿Cómo llegaron a este barco, el Kira Kira? ¿Cuáles son sus principales características?
—(Herman) Yo buscaba un Van de Stadt, un diseño muy clásico, que me encantaba. No tenía duda de eso, era el que quería. En Argentina había muy pocos, estaban en mal estado y cuando salió uno a la venta en Rosario ni lo dudé. Lo había construido un instructor del curso de Patrón del Club de Remeros, que lo sacaba para hacer viajes oceánicos, de hecho le puso este nombre por una isla del Pacífico a la que soñaba llegar en algún momento. Es un velero de acero de 36 pies, que pesa 15 toneladas, tiene un motor Yamaha de 39 caballos (que es chico para este barco pero es económico y me permite cierta autonomía).
Tiene el copckit central, con una eslora pequeña, que me permite hacer el mantenimiento fácil, pero con un interior muy voluminoso, donde entramos todos muy cómodos. El aparejo es sloop. Es un velero que fue diseñado en 1976 pero este se construyó en 2005, tiene veinte años, yo creo que fue el último que se llevó adelante en el astillero Gigena. En este diseño hay dos tipos de quilla, una de 2,20 metros, y este tiene una corrida de 1,60 metros, por lo que es un velero muy estable en su rumbo. Es bárbaro.
—(Rocío) Tiene un camarote de proa doble, con dos camas, con otro en popa, bien separado. La popa es doble, el comedor, a veces alguno de los chicos duerme aquí, otras dormimos afuera, porque es muy cómodo.
¿Los chicos están escolarizados? ¿Cómo se organizan con tres adolescentes?
—(Rocío) Sí, estudian en la escuela del Ejército. Esta semana tienen actividades de seguimiento y justamente deben entregar trabajos para materias diferentes. La idea es que mientras ellos quieran seguir viajando continuaremos con esta vida. Con relación a los amigos también nos ayuda mucho la tecnología porque tiene sus contactos y relaciones. Este verano, que estuvimos en Isla Grande, vinieron un montón de amigos con hijos de su edad y lo pasamos fantástico…
—(Herman) Sí, lo que ocurre también es que se acostumbraron a navegar y viajar, entonces cuando nos quedamos en un solo lugar porque tenemos que hacer mantenimiento del barco, fondeamos en algún puerto o tienen que ir a la escuela presencial no quieren saber nada: hay un reclamo que quieren moverse. También con relación a las redes sociales y nuestro canal de viajes, les estamos consultando quién quiere aparecer, a quién le gusta, a quién no le copa tanto, porque están más grandes y queremos darles la posibilidad, estamos aprendiendo a ser papás en el camino.
¿Cómo se organizan con los gastos, el trabajo, la manutención de los chicos?
—(Herman) Estamos haciendo una transición, arrancamos con un emprendimiento que se llama Skipper Online, que hace las rutas con otros barcos y navegantes deportivos para hacer asistencia técnica a distancia, está bueno, lo vamos mechando con eso. Yo soy marino mercante, entonces habitualmente voy a trabajar en la pesca de langostinos pero como está funcionando el trabajo de acompañamiento de otros veleros entonces no fui este año. Tenemos un canal de YouTube, además, que narra los viajes que realizamos. Todo cambió mucho con la llegada de Starlink porque podemos hablar con la familia en la vida cotidiana, también trabajar, estar comunicados todo el tiempo.
¿Cómo son las rutinas con tres adolescentes?
—(Herman) Tratamos de mantener las rutinas, pero los días lindos nos impulsan a sacarlos afuera, estar al aire libre, ir a navegar, nadar, hacer alguna caminata. Tampoco todo el día están conectados a Internet porque tenemos energía por paneles solares o batería y hay que ahorrarla. Lo limitamos al estudio o ver una película.
—(Rocío) De hecho, cuando el día está lindo les digo que dejen las cosas de la escuela para más tarde o el día siguiente para poder aprovecharlo. Después eso lo recuperamos, pero prefiero que salgan a nadar o jugar a la pelota.
¿Cuáles son sus planes ahora?
—(Herman) Hasta hace poco tiempo estuvimos en Salvador de Bahía (al norte de Brasil) pero tuvimos un problema médico y volvimos a bajar a lugares que conocíamos para atendernos y completar los estudios que necesitábamos. Por eso ahora estamos en Isla Grande, en el Estado de Río de Janeiro, donde pasamos todo el verano y pensamos quedarnos hasta fin de año. Tenemos que hacer un gran mantenimiento al barco, por eso después la idea será emprender la travesía rumbo a Panamá hasta San Blas.
—(Rocío) Pero nos gusta tanto Brasil que siempre volvemos por acá, es muy grande, hay muchos refugios, lugares para estar tranquilos, para trabajar. El plan es dar la vuelta a Sudamérica.
Desde «Navegantes Oceánicos» agradecemos a Rocio y Herman su colaboración y que compartan con nuestros lectores sus experiencias de vida a bordo de un velero en familia.
¡ Os deseamos mucha suerte y buenos vientos en el futuro!.
