María, Michel y Tristán se propusieron dar la vuelta al mundo en seis años. Sin embargo, por el contrario, se encontraron “dando vueltas por el mundo”, entre América, Europa y África, en una travesía que los marcó para siempre. Después de cinco años de conocer tres continentes y recorrer los mares a bordo de un Beneteau Oceanis 42.3, se preguntan por qué comer, dormir, conocer los propios miedos o límites, ir por provisiones o amarrar el ancla en un puerto son la clave más importante para tomar buenas decisiones a la hora de llevar adelante un viaje surcando las aguas.
María San Emeterio y Michel Gendron se propusieron dar la vuelta al mundo, a bordo de un velero, en seis años. Sin embargo, por el contrario, se encontraron “dando vueltas por el mundo”, entre América, Europa y África, en una travesía que los marcó para siempre. “La nuestra es la historia de una familia que navega como cualquier otra”, me repetía, como un mantra María cuando le contaba que quería conocer cómo comenzaron este viaje, cómo eran sus travesías o cómo se las arreglaban con un adolescente a bordo y el resto de su familia lejos. Sin embargo, finalmente nos conectamos para conversar sobre esta historia desde São Francisco do Sul, en Santa Catarina, en Brasil, después de su paso por Argentina y Uruguay, donde –solo por ahora– echaron el ancla.
La mañana que iniciamos esta charla me descostillo de la risa cuando veo, en la pantalla, para mi sorpresa, una gata, Nami, que viaja desde hace dos años con la familia: pasó ya por dos continentes porque la encontraron en Cabo Verde: “La trajimos con cinco semanas, se adaptó muy bien al barco. Ya hizo una travesía por el Atlántico, se cayó al agua mil veces, se escapa por las escotillas, le gusta andar por las marinas, pero no quiere estar mucho tiempo en tierra firme”, me cuenta, ahora, María que gesticula con su gran sonrisa, a la par del hocico atigrado, aunque aclara que cuando navegan la pequeña lleva su propio arnés con una línea de vida.
La flota, además de esta gata curiosa y simpática, la completa el hijo menor de la pareja, Tristán. “Mucha gente piensa que vivir en un velero es cambiar una casa por un barco. Yo también lo pensaba. Después de más de cuatro años viviendo en el mar, entendí que el verdadero cambio no fue el lugar donde vivo. Fue la persona en la que me convertí”, dice, ahora, María, del otro lado de la pantalla. Después de cinco años de conocer tres continentes y recorrer los mares a bordo de un Beneteau Oceanis 42.3, crearon además una escuela inmersiva donde además de cabos, velas y cascos se preguntan por qué comer, dormir, conocer los propios miedos o límites, ir por provisiones o amarrar el ancla en un puerto son la clave para tomar buenas decisiones a la hora de llevar adelante un viaje surcando las aguas.
¿Cómo fueron sus comienzos en la navegación?
¿Cómo se les ocurrió la idea de vivir a bordo de un velero para recorrer el mundo?
Michel siempre estuvo encantado con la navegación: había tenido un velero chiquito en el Lago Champlain, que se ubica entre Estados Unidos y Canadá. Lo tuvo dos veranos y luego la vida que es día a día… Él trabajaba como ingeniero con todos los proyectos de ecología y energía para el gobierno canadiense. Yo, que soy mexicana de nacimiento, en mi vida me habían subido a un velero: porque además soy de la ciudad de México: el mar nos queda lejos.
¿Qué pasó entonces?
Un poco antes de la pandemia, en enero de ese año, mis padres querían irse de México: su sueño era vivir en España. Mi papá fue a renovar los papeles para renovar su pasaporte, fue a hacerse la foto, toman la imagen y, en el momento que se levanta, le estalla la aorta y se cae muerto. Así. Era su jubilación, por fin iba a hacer lo que quería de ir a España, vivir allá y todo… Fuimos a Europa al sepelio, el entierro y cuando volvimos a Canadá nos confinaron por el COVID-19 y yo, que tenía mi empresa de bodas y eventos, perdí 25 contratos en una semana. O sea, todo junto: se murió mi papá, perdí todos mis trabajos. Me acuerdo que Michel ya trabajaba en casa porque lo habían enviado desde la oficina y le dije: “Este es el momento”. Me dijo: “Bueno, en cinco o seis años nos lanzamos”. Pero yo odio los proyectos lentos: “No, en doce meses”, le retruqué.
¿Qué edades tenían sus hijos en ese entonces?
Mi hijo más pequeño tenía ocho años. Pero además teníamos la casa, el trabajo, el negocio, nuestros demás hijos. Pero le dije en doce meses. Doce. Nada de ir los fines de semana si no quedarnos a vivir en un velero.
¿Pero nunca te habías subido a un velero?
Michel me hizo conocer la vela unas tres veces antes pero súper tranquilo y todos con skipper. La única condición que puse fue que nos teníamos que formar los tres a la par con el mismo nivel porque si algo le pasaba a él yo tenía que saber qué hacer para no depender 100 por ciento y si nos pasaba algo a los dos también Tristán tenía que saber lo mismo. El COVID seguía y entonces lo sacamos literalmente de la escuela: todos los fines de semana íbamos a un barco escuela a aprender los tres. Finalmente fueron 19 meses pero obtuvimos la certificación de skipper formándonos y formándonos. Hicimos cursos de primeros auxilios, lejos y salvaje, como para tener 48 horas sin ambulancia. Pero en Canadá, por ejemplo, el hecho de coser una herida, está reservado solo a los médicos: entonces cuando hicimos ese curso no nos pudieron enseñar a coser. En ese momento tenía un cliente que era un neurocirujano y le ofrecí hacerle un descuento en su paquete de bodas para que nos enseñara a coser. Ahí fuimos los tres con nuestras patas de chancho a aprender a coser (risas). Tristán era muy chico para los exámenes pero hizo todas las formaciones. De hecho, ahora que tiene quince, ayer pasó su examen de VHF internacional, entonces más oficialmente tiene los documentos.
Con el confinamiento, ¿cómo encontraron el barco?
Lo compramos por Marketplace.
¿No viajaron a verlo?
No, estaba todo cerrado por el COVID en Canadá y el barco estaba en las Islas Azores. Si viajábamos a verlo, el gobierno te exigía que al regreso tenías que estar confinado 40 días en un hotel que ellos escogían. Nos hicimos amigos de los dueños, que también eran canadienses, con varias videollamadas de dos o tres horas nos pusimos de acuerdo para conocer el barco. Hacía 10 minutos que lo habían puesto a la venta cuando les hablé.
¿Qué características querían que tuviera para habitarlo?
Para Michel era importante poder caminar por todo el barco sin pegarse la cabeza. También que pudiera dormir con los pies estirados. Para mí, en cambio, una de las características que no era negociable fue que fuera claro: tenemos mucha luz. No quería un barco cueva, oscuro. También queríamos que fuera un barco que hubiese hecho una travesía oceánica para que mantuviera todo el equipo. En un principio queríamos un Leopardo 50, que es un catamarán, pero cuando vimos los millones de ceros que tenía dijimos que no. Tenemos cuatro hijos y pensábamos cuando los niños vengan, para que tengan su habitación, pero después te pones a pensar y quizás van a venir una vez al año… si un día vienen todos con las novias y demás rentamos un barco más grande y punto. Entonces conseguimos un Beneteau Oceanis 42.3. Teníamos antes la condición de vender nuestra casa: lo logramos en una semana también por el COVID y por Marketplace porque los dueños eran de Alemania pero iban a vivir a Canadá.
¿Qué dijeron tus hijos más grandes de esta aventura?
Les ofrecimos venir con nosotros pero nos dijeron que no. Ahora tienen 23 y 24, no son súper grandes, pero nos dijeron ‘no, olvídalo’ (risas). Justo ahí tenían 18, que es el momento que puedes hacer lo que te dé la gana y no vas a ir a vivir a 12 metros con tus papás, no, gracias (risas). Nos costó pero lo aceptamos. El barco finalmente lo compramos en mayo pero lo vimos recién en octubre, cuando partimos solo con un boleto de ida, sin fecha de regreso desde Canadá. Pero en Europa y América del Norte nunca se compra un velero sin inspección entonces eso da tranquilidad, porque cuando vino el inspector hicimos una conexión para que probara todo, con el reporte de la obra viva y la obra muerta.
¿Cuándo comenzaron la travesía?
Tuvimos que esperar ocho meses, porque no era el mejor momento para hacer un cruce en el Atlántico Norte. Mientras tanto nos fuimos acostumbrando, porque nuestras clases habían sido en el Río San Lorenzo (que tiene sus complicaciones, con mareas de 15 metros, entonces las corrientes son muy fuertes y tienes un Atlas de corrientes, que además de ver las cartas, hay que usar). Entonces recién en junio hicimos la primera travesía desde las Islas Azores hasta Vigo, nos agarró nuestra primera tormenta, con 36 horas en la escala Beaufort de 9-10, en nuestro primer cruce oceánico. En el pronóstico estaban anunciados 25 nudos. Yo lloré todas las lágrimas que pude haber tenido en el cuerpo… los dos perdimos siete kilos, yo no dormía nada porque todos los ruidos eran raros. Le dije cuando lleguemos, vendemos el barco, regresamos a Canadá y volvemos a empezar. Michel no me contestó nada (risas). Un hombre muy sabio.
Cuando llegamos a la costa conocimos a una flotilla de franceses que eran muy experimentados y cuando nos vieron que queríamos recorrer el Mediterráneo nos dijeron que estábamos muy verdes para ir solos y nos ofrecieron viajar en conserva para aprender durante todo el verano. Eso fue hermoso. Cada vez que avanzábamos, si nos quedábamos atrás, volvían para preguntarnos por qué no los alcanzábamos, chequeaban las velas, hagan esto, aquello… uno de ellos era psicoterapeuta y no te puedo negar que quedé con un traumatismo de la tormenta. Fue difícil pero me ayudó muchísimo.
¿Cómo siguieron después?
En septiembre ellos siguieron a Francia y nosotros continuamos hasta la frontera en Bilbao, de ahí bajamos hasta Vigo y seguimos al sur, para Lisboa, donde empezaron los ataques de las orcas. Un barco francés, idéntico al nuestro, se hundió al día siguiente que pasamos por ahí. Era muy estresante navegar ahí: no lo hacíamos de noche, tomábamos todas las precauciones que podíamos, pero muy complicada toda la costa portuguesa porque tiene unas condiciones bien difíciles para entrar o salir del puerto.
Por eso decidimos seguir a Madeira, donde estuvimos en las cuatro islas como unos ocho meses, bajamos a Canarias (donde no nos quedamos tanto) y fuimos a Marruecos permanecimos casi dos meses. Fue súper padre, subimos hasta la frontera norte en autobús. Fue ahí cuando decidimos que nos queríamos quedar más, porque no habíamos visto mucho, ni conocido gente, ni la cultura…
¿Y qué pasó?
Nos dimos cuenta que la vuelta al mundo que queríamos hacer en seis años no era lógica porque tenías que llegar a un lugar, echar el ancla y, al día siguiente, partir. Entonces decidimos que daríamos vueltas en el mundo. Por eso después de Marruecos regresamos a Canarias a hacerle unas revisiones al barco y de ahí bajamos a Cabo Verde donde nos quedamos nueve meses: fue hermoso. Nos recorrimos todas las islas, nos hicimos amigos de la gente local, pudimos conocer mucho de su cultura: fue increíble. De ahí todo el mundo se iba a cruzar el Atlántico para ir al Caribe, entonces dijimos si nos vamos ya nunca más podremos volver: en lugar de ir hacia el oeste fuimos al este. De Cabo Verde atravesamos a Senegal, navegamos todo el río central, pero decidimos bajar todavía más y fuimos a Gambia, hicimos un poquito del río Gambia, y de ahí alguien nos había hablado de Guinea-Bisáu. Fue hermoso: las aldeas eran muy pequeñas, como una docena de casas, como éramos blancos teníamos que pedir permiso al jefe para entrar.
Al principio todos los chiquilines nos tenían miedo, se escondían, a fuerza que nos veían luego llegaban corriendo y se iban de la mano a dar la vuelta a la isla. Fue increíble, la gente es hermosa. Nosotros nos bañábamos en el mar y nos decían que ellos no metían ni el dedo gordo porque estaba atiborrado de tiburones que no son muy amigables. En la playa teníamos que patinar, no caminar, patinar, porque había muchas mantarrayas enormes y podían clavarte el aguijón. No se puede entrar sin guía porque hay mamba negra, mamba roja, cobras. Un día, estábamos caminando con uno de estos guías y nos hace: “Shhh…”. Para permanecer en silencio. Yo pensé que era una serpiente pero detrás venía una manada de hipopótamos a cincuenta metros: eran unos veinte, hermosos, gigantes. Luego seguimos en una navegación muy complicada y tuvimos que pedir refugio porque no lográbamos subir hasta Gambia: para bajar tardamos dos días, para volver nos llevó quince. Desde allí aprovisionamos el barco para la travesía por el Atlántico. Pero África se quedó con la mitad de mi corazón.
Me imagino, además, que tendrán mil historias para contar…
Una de las que más me impactó fue esta: en la bahía de Hann, al este de Dakar, existe una de las regiones costeras más contaminadas de África. Era una región hermosa pero el gobierno se queda con todo el dinero y toda esa región está repleta de basura. Si estás en el barco ves cadáveres de borregos, plásticos, basura, todo se vierte en el mar. Es un desastre. En ese lugar no podés usar tu dinghy porque no hay lugar donde parar en la playa. La gente vive en chozas pero hay una Piroga de un club que viene a buscarte (un bote a remo), pasás un puente y hay una pequeña choza con un pescador que vive ahí: Sam. Yo pasaba todos los días: “Buen día, Sam, ¿cómo estás?” Un día comenzamos a hablar más hasta que en un momento me invitó a tomar un té. Pero allá es todo un ritual porque son siete especies distintas, lo preparan, todo pegajoso. Un día estamos ahí, en medio de esa playa, todo un basurero, Sam y yo: llegué a las doce del mediodía y a las cinco de la tarde continuaba ahí conversando y tomando el té. En gran parte de estos países usan unos anillos muy grandes, de cobre, que dentro tienen un amuleto que los protege. Son piezas que se pasan de generación en generación, para toda la familia.
El día que estábamos por partir, le conté que nos íbamos de viaje otra vez y me dice: “Antes de irse por favor vengan a verme los tres”. Bajamos a saludarlo, nos agarra de las manos a los tres y nos entrega su anillo. “Este anillo protegió a mi familia desde que existe. Adentro tenemos el amuleto, entonces como hoy ustedes son parte de mi familia quiero que se lo queden para que los proteja por todo su viaje”. No queríamos aceptarlo pero fue tan emocionante, tan hermoso, que aquí conservamos en la radio satelital del velero el anillo aquí amarrado. Pero luego, me dice, que para mí tenía un regalo especial: que como esa semana había pescado mucho entonces había comprado un repelente para los mosquitos porque en Guinea era muy peligrosos. “Todo lo que vendí, porque esta semana tuve muy buena pesca, fue para comprarte ese Off”. Me encanta, porque como occidentales, me invitas a tu casa y te llevo una chalina. En Africa, cuando pides permiso para entrar a una aldea, lo que te pide el rey o la reina son kilos de arroz para alimentar a toda la aldea. Se reúnen hasta terminar toda esa comida, se quedan juntos hasta el final, aunque sean 3 o 4 días. Por eso Sam me regaló algo que iba a necesitar realmente en el viaje.
¿Cómo fue el cruce del Atlántico?
Nos quedamos seis días atrapados en el centro del ciclón / anticiclón, la región intertropical, con los vientos del norte y del sur que bajan: sin nada de viento. Siempre tratas de cruzar por la parte más angosta, pero estaba súper activo. Teníamos un meteréologo que colaboraba a distancia y nos indicaba para dónde bajar o subir. El problema es que era todo o nada de nada de viento, una calma total. De repente soplaban treinta nudos, con rayos, truenos, con un mar fuerte. Éramos como un calcetín en lavarropas. Todo a 38 grados, con olas de tres metros que, de repente, rompían en el barco. No había forma de abrir las escotillas para ventilar. En un día completo hicimos 10 millas, por ejemplo, al tercero yo ya no daba más. Prendimos el motor y vimos que estaba Fernando de Noronha cerca pero nos quedaban 25 litros de diesel. Aún faltaban 1000 millas para llegar a Salvador de Bahía, que era donde habíamos planeado echar ancla. Finalmente tardamos 16 días, estuvimos 48 horas en la isla, cargamos más diesel y frutas que nos faltaban y, en total, puerto a puerto fueron 22 días de travesía. Luego fuimos a Salvador, bajamos a Río de Janeiro: en ese momento le dije a Michel que quería cerrar mi empresa porque ya no iba con mis valores. Si un cliente me llamaba y me decía que tenía 50 mil dólares para su boda, después de ver y vivir lo que pasamos en África no tenía nada que ver conmigo. Ya a los novios les decía: ¿por qué gastas tanto? ¿por qué no te vas de viaje? (risas). Pero de algo teníamos que vivir también.
¿Cómo lo resolvieron?
Nosotros habíamos hecho la certificación naval de IYT Worldwide (International Yacht Training) pero además de la que se da en Londres queríamos averiguar qué se necesitaba para darla como instructores en otras partes del mundo. Teníamos bastante avanzado todo: porque cuentan los días y las noches en el mar, las millas náuticas navegadas, solo nos faltaban un par de cursos de salvamento marítimo y el carnet de la Cruz Roja con primeros auxilios. Entonces buscando nos dimos cuenta que en Río de Janeiro daban ese curso y lo completamos: a partir de ese momento nos certificamos como instructores.
¿Por qué creen que un carnet de timonel o patrón no habilita a navegar por los mares del mundo y que hacen falta también tomar en cuenta las emociones?
Una de las cosas que nos pasaba era que toda la parte técnica la teníamos completa pero nos faltaba la mitad del círculo: la otra mitad para que eso funcionara realmente estaba ausente. El vivir un día a día en un velero, donde esta nave se convierte en tu casa y no solo por el fin de semana, es el espacio, la convivencia, la cohabitación, el cansancio, las decisiones, todo lo que lleva también desde lo emocional. Yo quería dar cursos y continuar el viaje, por eso nos convertimos en una escuela satelital, donde estemos en el mundo… La pregunta, además, para cerrar todo esto era, por más que fueras el mejor capitán del mundo, si la parte emocional o psicológica no es plena, si no pudiste descansar, comer, no conoces tus límites y no eres honesto contigo mismo, porque no controlas tu barco o porque tienes miedo, no vas a tomar buenas decisiones. Nos ofrecieron dar cursos en línea pero no: estoy convencida que hay que vivir la experiencia.
En ese mismo sentido entonces, ¿de qué se tratan las inmersiones que llevan adelante en su barco?
Nuestras inmersiones son estadías de 10 días a bordo de nuestro velero, pensadas para personas que quieren aprender a navegar, ganar confianza o simplemente descubrir cómo es realmente la vida a bordo antes de lanzarse a su propio proyecto. La gran diferencia es que no se trata solamente de tomar un curso. Durante esos días la persona vive con nosotros y participa de la vida real del barco: la navegación, las maniobras, las decisiones, la organización, las comidas, los imprevistos, en fin, la vida cotidiana. Trabajamos con un máximo de dos personas a la vez, lo que nos permite adaptar completamente la experiencia al nivel y a los objetivos de cada una. Pueden venir desde principiantes hasta personas que ya tienen formación pero que todavía no se sienten autónomas.
Para nosotros, lo más importante es que se vayan no solamente con más conocimientos, sino con más confianza para tomar sus propias decisiones en el mar. También existe la posibilidad de realizar una certificación internacional IYT durante la inmersión, si ese es uno de sus objetivos. Una persona me dijo: esto de estar diez días con ustedes equivale a dos o tres años de teoría. Las clases duran seis horas por día pero cuando terminan hay que chequear las amarras, hay que cocinar, hay que ir a buscar diesel, lo sigues aprendiendo. La gente queda muy contenta, hemos tenido gente de todo el mundo que viene a buscar la certificación internacional. Es totalmente diferente a la clase del aula o el salón porque tienes que confrontar todo con la realidad. Hay algunos que me dicen: “Tengo el curso de patrón, tengo mi propio barco pero no me animo a salir solo”.
Para quienes seguimos tu cuenta habitualmente una de las cosas que más me llamó la atención es cómo te transformó la experiencia de navegar por el mundo.
El hecho de vivir de una forma mucho más simple, el poder encontrarme conmigo misma, saber que no necesitamos tantas cosas materiales para poder ser felices y disfrutar de lo mínimo que sea de forma diferente, con muchas más ganas, con mucho más sabor, sin tener mucho dinero (porque no es lo mismo a la rutina que llevábamos en Canadá) y que la riqueza que tengo hoy mismo es la gente que he conocido, los momentos quizás más que los paisajes, pero sí la gente, porque saber que hoy tengo amigos en más de quince países es la riqueza más grande.
¿Cuáles son sus próximos planes?
Tendremos que volver a La Plata porque Tristán se hizo muchos amigos y hasta una novia. Lo anotaron hasta en la escuela de remo. Es difícil planear a largo plazo en un barco pero, por ejemplo, este mes el plan era llegar a Ilha Belha y hubo un temporal que mejor que nos quedamos aquí. Para el otoño de 2027 el plan es empezar a subir para ir hacia el Caribe, nos gustaría cruzar el Canal de Panamá y hacer la travesía por el Pacífico.
La riqueza más grande que tenemos hoy es el tiempo y la libertad de decidir qué hacer: este viaje nos fue sorprendiendo a cada paso porque yo sabía que quería conocer Marruecos pero después alguien nos decía por qué no van a Senegal o a Guinea y nosotros: “Y bueno”. Así todo lo que conocimos de África fue increíble y, ahora, lo mismo pasa con América. Pero no sé ni qué voy a comer al mediodía hoy o sea que imagina… (risas).
Enlaces:
Instagram: https://www.instagram.com/libertesurlocean/
Desde «Navegates Oceánicos» agradecemos a María y Michel que hayan compartido su experiencia de vida a bordo en esta interesante entrevista y les deseamos buena suerte en su proyecto de navegación.
Buenos vientos y buena mar. Os seguiremos!
