El capitán rosarino se inspiró en el libro de Eduardo Rejduch de la Mancha para dejar un trabajo estable y un departamento en la ciudad para comprarse su primer velero, un H20, con el que buscó cruzar hasta Colonia, Uruguay. Después le siguieron historias en Brasil, el Caribe y, ahora, como capitán de catamaranes hasta las Islas Fiji. La historia de una travesía que comenzó en las aguas marrones de la Isla Charigüé, en el Río Paraná, hasta surcar los mares del mundo donde se topó con otros de sus grandes maestros: Gerónimo Saint Martin.
Gastón López Simoes leyó Hasta donde me lleve el viento, de Eduardo Rejduch de la Mancha, y decidió dar –literal— un cambio de rumbo en su vida: el libro, que fue editado a principios de los 2000, narra las aventuras de un navegante que, para escapar de un futuro cierto y premeditado, sin más fortuna que un pequeño velero de ocho metros (el Charrúa), decidió dar la vuelta al mundo, con los bolsillos vacíos, en solitario, por el mar. Sin embargo, para Gastón no todo fue color de rosa: cuando entró en el mundo de la náutica y se compró su primer velero, un H20, le dijeron que estaba un poco loco. “Algún día me voy a ir a navegar con mi velero”, les decía Gastón a sus amigos de Rosario. Pasó más de ocho años con ese cuento: muchos dudaron que realmente lo haría. Por momentos, él dice que también.
Sin embargo, en algún momento, se animó: lo más difícil fue decirle a su jefa en General Motors –su jefa durante trece años– que renunciaba a su trabajo. “Yo crecí en una familia tradicional de clase media, tenía un trabajo estable como empleado de una empresa, vivía en un departamento en la ciudad. Hice un cambio de rumbo en mi vida y me mandé con el barco, sin dinero ni recursos, no es que hay que ser millonario y tener rentas para llevar este proyecto adelante”, dice, ahora, desde Perú, donde acaba de regresar después de una travesía como capitán en un catamarán que lo llevó hasta las Islas Fiji y a poco de reencontrarse con su propio velero, el Puxador, en su nueva vida en el mar.
Uno de sus principales referentes, además de Rejduch, era también Gerónimo Saint Martin, que con su velero La India –con el mismo modelo de barco—, había atravesado desde Argentina hasta Spitsbergen, en el Polo Ártico. “Yo, con el mismo barquito, no me animé a ir hasta Colonia, en Uruguay”, se ríe ahora. Primero intentó la travesía desde Rosario; después se animó más lejos, a Punta del Este, y, finalmente, llegó hasta Río de Janeiro y Salvador, Brasil. Saint Martin fue otro de sus grandes inspiradores: leyó todos sus relatos de viaje, las modificaciones y arreglos que le hizo al barco, compró el documental que narra su desarboladura y los días que viajó a la deriva entre Noruega e Islandia. Una vez, tuvo la suerte de estrechar su mano y conocerlo en una charla que dio en Rosario. Una década después, una tarde en Martinica, se encontró con él y lo invitó a tomar unos mates. Luego lo ayudó a instalar el timón de viento y, más tarde, el stay de proa que no funcionaba bien, lo que derivó en más encuentros y en una amistad que ahora mantienen a distancia.
¿Cómo fueron tus comienzos en la navegación en Rosario?
Yo viví siempre en Rosario, que es una ciudad que tiene mucha relación con el agua: mi abuelo tenía un ranchito en El Embudo y una canoa pescadora en la que me llevaba de vez en cuando era chico. No es que me crié en el río pero iba muy seguido con mi familia y el contacto con el agua estaba presente. Ese abuelo vivía en barrio Alberdi (sobre la costa del río) y era socio del Club Regatas, entonces en la adolescencia me saqué el carnet y me iba a remar en bote. Entonces el contacto con el río estuvo siempre presente pero nunca había navegado en un velero: recién a los 27 años hice el curso de timonel para ver de qué se trataba.
¿Qué te llamaba la atención de la navegación a vela?
Un amigo me recomendó que hiciera el curso. Fui al Automóvil Club de Rosario, donde –por lo menos el año que hice el curso—lo hacíamos en un Resch 26 (un velero de crucero clásico, diseñado por Norberto González y construido por el astillero argentino Resch a fines de los años 70 y principios de los 80). Era un barco cabinado y eso creo que fue interesante porque no solo salíamos a navegar si no que también compartimos la vida a bordo. Por ejemplo, si un sábado llovía, nos quedábamos a tomar mate en la amarra, esperábamos una horas y luego salíamos al río. Los cursos que se hacen en un barco escuela y que no son cabinados un poco que pierden esa parte… En mi caso, además, que nunca había navegado en un velero, en un yate, en un crucero, solo en embarcaciones muy sencillas, creo que me gustó mucho eso de tener una casa flotante, que no te mojás si llueve y que te podés calentar para tomar unos mates en la cocina…
¿Cómo fueron las primeras travesías?
En ese curso hicimos un primer viaje a San Pedro (a 150 kilómetros de Buenos Aires, río abajo) con el profesor y unos compañeros, nos agarró un Pampero… Pero fondeamos después de la tormenta, hicimos una carne al horno: fue una gran aventura de 90 millas. En pocos años me compré un H20: todos los días salía del trabajo y me iba al barco, si estaban las condiciones salía a navegar y si no me quedaba comiendo o tomando mates en la amarra. Después hice el curso de patrón y me decidí a comprar un Colibrí 24 con el que viajé hasta Punta del Este con tres amigos que no sabían navegar…
Llegamos cerca de Año Nuevo y fue increíble pasar del marrón del Río Paraná o del Río de la Plata al agua azul cristalina del mar en Uruguay. Fue muy lindo: creo que ese fue otro punto de inflexión. Ese viaje lo repetí dos veces más con el Colibrí a Piriápolis y Punta del Este. Lo que creo que me atrapó de la navegación fue la idea de tener una pequeña casa flotante y poder hacer ese tipo de viajes.
¿Cómo te formaron los libros, como el que mencionás siempre de Eduardo Rejduch de la Mancha, “Hasta donde me lleve el Viento”, en estos viajes?
Ese libro me formó mucho, me mostró todo lo que se podía hacer con tan poco: Eduardo, sin saber navegar y sin tener conocimientos previos, se compró un velero de 27 o 28 pies en Canadá, bajó por el Río Hudson hasta el Atlántico, sin nada de nada. Un bohemio, un vagabundo, que dio durante 25 años la vuelta alrededor del mundo, en lugares increíbles, con su velero. Si en un primer momento me encantó la casa flotante, en un segundo momento ese libro me animó a explorar.
¿Qué pasó después?
En ese momento, como trabajaba como ingeniero electrónico en la General Motors, me iba quince días en el barco: pero viajar desde Rosario hasta Punta del Este llevaba mucho tiempo. En esa empresa estuve 13 años, antes también trabajé en IBM y Hewlett Packard, siempre como empleado en relación de dependencia. Si quería ir a Brasil, al menos, necesitaba contar con más disponibilidad, porque con quince días de vacaciones por año no llegaba a conocer nada.
Entonces empecé a pensar en renunciar a mi trabajo, sin fecha de retorno, en un plan con un amigo que íbamos a hacer juntos. Solo que mi amigo se enteró que iba a ser papá poco antes de arrancar y se frustró el plan inicial. Me quedé solo en el proyecto: pero en 2020 se declaró la pandemia de COVID y, justo un día antes, yo me había ido a con el velero a El Charigüé, por lo que me pasé tres meses varado en la isla (frente a la costa de Rosario) porque había una prohibición de navegar y si quería regresar era de manera ilegal. Para mí estuvo buenísimo, porque me pasé esos meses en el velero, con todo lo que significó vivir a bordo en un barco de 24 pies.
Entonces te diste cuenta que era un modo de vida que te gustaba.
Claro, me di cuenta que la había pasado bien, que me gustaba esa vida, eso que no me había movido de la isla. Entonces me decidí a vender mi departamento (tenía un monoambiente), el barco de 24 pies y compré el Puxador.
¿Qué modelo de barco es? ¿Qué características tiene?
Es un Peterson 34, de 1988, un velero con un diseño americano, construido por el astillero Meroz en Argentina. Es un barco muy sólido, fuerte, hecho por un buen astillero y, con todas esas ventas, logré equiparlo para hacer travesías más importantes de navegación oceánica.
¿Por qué el barco se llama Puxador?
Es el nombre que tenía cuando lo compré, está en portugués y significa algo así como “pujante”: como ir para adelante y avanzar.
¿Te habías puesto una fecha como límite? ¿Cómo fue entonces la primera travesía a Brasil?
Sí, me había puesto una fecha límite para zarpar porque si no nunca terminás de hacerle todos los arreglos que querés. Eso es importante, porque si no siempre falta algo y lo terminás postergando. Salí en marzo de 2023, con el barco, unos pocos ahorros (porque siempre terminás poniéndole más plata de la que pensabas en un primer momento) y la perra, Ancla. Me fui sin demasiadas cosas pero con un barco donde vivir.
Llegué a Brasil, que no conocía casi nada, tampoco sabía hablar portugués: apunté a Isla Grande, cerca de Río de Janeiro, que muchos me habían hablado que es una región hermosa para vivir a bordo. El primer día ya me había hecho un par de amigos, porque está lleno de argentinos que trabajan en el pueblo. Algunos en posadas, otros en bares, empezaron a conseguirme algunos paseos con turistas a cambio de una comisión, entonces empecé a hacer excursiones por el día en el velero. Me quedé un año.
¿Seguiste navegando después?
Sí, Isla Grande me encantó pero yo me había preparado, alistado el barco, estudié un montón y solo daba vueltas por la isla con paseos a motor. Entonces me propuse hacer una nueva travesía: estaba la regata desde Recife hasta Fernando de Noronha, que se hace todos los años, y me pareció una buena oportunidad. Entonces armé un esquema desde Isla Grande hasta Buzios, luego a Victoria y, más tarde, a Recife, por lo que en 2024 fui subiendo toda esa costa con algunos tripulantes que venían por esos tramos, 10 o 12 días a bordo, a hacer navegaciones oceánicas.
Pero ¿qué pasó en el río Amazonas?
El continente hace una curva cerca de Fortaleza, o sea que al regreso de la regata a Noronha tenía que decidir si volvía a Isla Grande o continuaba la travesía hasta el Caribe, porque es la región de los vientos alisios y la vuelta se hace muy difícil. Entonces decidí seguir para conocer las islas de Caribe, organicé planes de navegación y convoqué a algunos tripulantes que se embarcaron.
En la desembocadura del Río Amazonas tuve una varadura importante: en las últimas mil millas iba en conserva con otro barco de un amigo brasilero, que tenía dos timones en su velero. En primer lugar se le rompió uno en el medio del mar, sin golpear nada, cuando faltaban 300 millas. Después se le rompió el otro, cerca del río, a cinco millas del destino: lo empecé a remolcar con mi barco, era una noche de Luna Llena, la amplitud de marea es muy alta (de unos cinco metros, con una corriente muy grande) y mi barco terminó varado porque estuve seis horas tratando de arrastrarlo hasta la costa. Fue una situación muy compleja, se rompió el timón de mi barco después, pero comprobé que el velero es muy fuerte porque quedó totalmente escorado mientras las olas pegaban de costado.
La navegación estaba programada para llegar al mediodía, con marea alta, cuando se rompió el timón y arrancamos con el rescate de su velero, cambió la corriente y empezó a hacerse en contra, entonces no podíamos avanzar, hasta que la marea dejó de bajar a la tarde – noche, empecé a navegar por la costa (como hacía en Rosario) con la eco-sonda para ver la profundidad pero las cartas no son confiables y, de golpe, llegamos a un banco de arena que no estaba marcado. Además, con Luna Llena se arman unas olas muy fuertes, que llaman Pororoca, que es un fenómeno que se produce cuando la marea llega al río. Todo eso de noche y sin timón: pasamos de estar con el río suave, sin oleaje, a un viento tremendo, con mucha corriente y unas olas muy grandes. Fue una situación muy compleja, además porque en el Amazonas era muy complicado luego arreglar el barco, los materiales, la gente para hacerlo… Después hice la navegación hasta el Caribe, desde Belén hasta Guyana francesa, luego recorrí diferentes islas como Grenada o Anguilla.
¿Cómo manejás las redes sociales y cómo influyen en la travesía que llevás adelante?
Yo trato de contar lo malo y lo bueno de lo que ocurre. A veces la gente piensa que uno lleva una vida soñada o idealiza lo que ve en las redes, se piensa que todo es maravilloso, pero es mucho trabajo: es lindo trabajar en el Caribe, en un barco, sí, pero también dejás de lado otras cosas como la distancia de tu familia, tus amigos, la cultura. En las travesías me contacto por los grupos de WhatsApp o por el Instagram. En el Caribe se me complicó un poco más encontrar tripulantes, porque en Brasil siempre es más fácil que viajen desde Argentina y la vida es más económica o los vuelos son cercanos.
¿Y por qué estabas en las Islas Fiji cuando hablamos la primera vez?
Este año surgió la oportunidad de trabajar como capitán (skipper) en un catamarán Outremer de 55 pies. Se trata de una empresa que ofrece estos catamaranes de lujo y además organiza el Grand Large Yachting, que son regatas que reúnen a decenas de aficionados que navegan juntos alrededor del mundo durante tres años en este tipo de veleros. En este caso, el dueño del catamarán quería alguien que lo ayude en la planificación, la toma de decisiones, no solo un tripulante porque no se anima a navegar piernas tan largas solo con su esposa. Entonces me contrató desde Bora Bora hasta Nueva Zelanda. Pero zarpamos hasta Tonga en una travesía de 1200 millas y, a la segunda noche (yo estaba en mi momento de descanso), el hombre fue a hacer una maniobra y enganchó su mano en el molinete que le terminó arrancando varios dedos. Todo en el medio Pacífico, fue un caos y tuve que mantener la calma. Fuimos hasta una isla que estaba cerca, le hicieron las primeras curaciones y, al otro día, voló hasta Rarotonga donde lo operaron.
Después de diez días de rehabilitación finalmente retomamos, pero no podía hacer ninguna maniobra simple como tomar un rizo. Entonces me hice cargo del barco. El plan era ir hasta Nueva Zelanda antes de la temporada de huracanes, en una región fuera de peligro, pero desde Tonga no estaban dadas las condiciones, porque es un momento del año con vientos de 30 nudos y olas de 5 metros. Entonces decidimos dejar el barco en Fiji para retomar el año que viene. Fueron unas 500 millas de Tonga a Fiji: llegamos los primeros días de septiembre, con todos los preparativos para dejar el velero durante seis meses en tierra porque en la marina donde está ahora tuvieron, el año pasado, vientos de 160 nudos, pero a los barcos no les pasó nada, porque están todos muy protegidos. Aunque sí, obviamente, hay que tomar todos los recaudos: sacamos todas las velas, el anemómetro de la punta del mástil, los motores, los equipos, el watermaker.
Al mismo tiempo, pese a todo el accidente, ¿fue una buena experiencia navegar por el Pacífico?
Sí, claro. Toda la experiencia estuvo buenísima, porque nunca había navegado en un catamarán, en el océano Pacífico y con todo esto del accidente terminé haciéndolo en solitario y con más responsabilidades. Sin dudas que fue positivo. Además estuve en contacto con otros barcos, con la organización de las regatas de Outremer y puedan surgir otras posibilidades. El dueño del catamarán me ofreció, por eso, retomar el año próximo las navegaciones por el Océano Índico.
Es interesante porque entré en un mundo de trabajo que es muy diferente al que yo venía teniendo con mi barco. Después, como todo, hay que ver si es realmente lo que uno quiere, por ejemplo, con la libertad que gané cuando renuncié a mi trabajo, con mi barco, mi perra y las navegaciones que quiero hacer. En estos dos meses en el catamarán casi no tuve tiempo para mí. Pero bueno, veremos qué pasa el próximo año: lo que sí sé es que la paso mejor que en una oficina.
¿Y cómo se encontraron con Ancla?
En la pandemia, cuando estaba en la isla, frente a la costa de Rosario, un día llegó nadando. Ya hacía un mes que estaba ahí y conocía a todos los perros de la isla pero no la había visto nunca a ella. No tenía más de cuatro meses y nunca supe ni de dónde apareció. El velero estaba amarrado entonces ella subía y bajaba desde la proa.
Desde ese día se quedó conmigo, ni siquiera la adopté, si no que le di un pedazo de carne, un hueso, comió y se quedó durmiendo en la cubierta del barco.
Nos fuimos haciendo amigos y cuando volví a la ciudad ya nos habíamos encariñado: el resto fue historia porque estaba acostumbrada a navegar con el barco.
¿Cuáles son tus próximos proyectos?
Ahora tengo que reencontrarme con mi barco, que quedó en Martinica y la idea es continuar hasta Panamá, con algunos tripulantes, entre noviembre y diciembre. El año pasado surgió la oportunidad de hacer una serie de retiros de yoga en el velero, con una profesora que tiene una cartera muy importante de clientes y organizamos estas travesías con todo incluido –el hospedaje, los almuerzos y las cenas, las clases de yoga y de navegación– en Saint Martin. Este año lo vamos a repetir en enero, febrero y marzo en San Blas.
Entre mis sueños está hacer una travesía por el Océano Pacífico, porque en esta oportunidad en el catamarán no conocí casi nada: embarqué en Bora Bora y el mismo día que aterricé fue el que zarpamos. El otro día hablaba con Tommy, de Bohemia, y me decía justamente esto: como piloto de avión se la pasaba viajando por el mundo pero no conocía nada. O sea, navegué casi dos mil millas por el Pacífico pero no conocí ninguno de los lugares que quería… Me encantaría conocer entonces pero con mis tiempos, con mis ganas, mi forma, con mi barco, en un futuro.
Desde “Navegantes Oceánicos” agradecemos a Gastón su colaboración en esta interesante entrevista y le deseamos mucha suerte en sus proximos proyectos de navegación a bordo de su velero PUXADOR.
¡Buen viento y buena mar!
